Berlusconi ofreció ayer a Prodi en un artículo periodístico un pacto de gobierno cuando es notorio que el todavía primer ministro ha perdido las elecciones a manos de quien ya tiene la mayoría suficiente para gobernar: el Ministerio del Interior, que paradójicamente está aún bajo sus órdenes, ha certificado que, aunque hay todavía algunos votos de escrutinio dudoso, no son suficientes para modificar el signo del balance final.
Este desenlace es patético: cualquier político democrático siente un pudor inmenso a la hora de ocupar el poder, y por pura integridad democrática, lo abandona en cuanto advierte el menor indicio de que lo ha perdido. Por el contrario, estas resistencias a marcharse son propias de regímenes inmaduros, de políticos advenedizos que no han superado la tentación totalitaria. De hecho, no hay precedentes cercanos de tales resistencias en la Unión Europea: en nuestras depuradas democracias, resultaría inconcebible que, una vez conocido el dictamen de las urnas, alguien pretendiera soslayarlo.
Italia no se merece este mal trago ni este ridículo internacional aunque, bien es verdad, los italianos han jugado con fuego demasiado tiempo. Pero -ahora se ve- es peligroso castigar a la clase política poniendo en su lugar a advenedizos que no tienen el menor empacho en reconocer que ellos van a la política apenas para colmar su ego y para incrementar su fortuna. Ya se sabe que muchos políticos mienten y se corrompen, pero es absurdo sustituirlos por quienes enuncian tan descarnadamente esta indecorosa verdad.