Hace tiempo leí una entrevista a Raimon y, entre otras cosas decía: «Se puede acabar con una dictadura, pero la lucha por la democracia no se acaba nunca. Nunca hay suficiente democracia».
Me pareció que andaba acertado, pero algo exagerado. Hoy me parece que estaba en lo cierto y que no exageraba nada.
Cuando la conferencia episcopal española afirma que ningún diputado católico podrá, ni deberá, votar a favor de la ley que regule el uso de embriones, está teniendo la misma actitud que los musulmanes que manifiestan su protesta por la publicación de unos dibujos de Mahoma disfrazado.
Por supuesto, no soy estúpido, sé que no utilizan las mismas estrategias, pero el objetivo es similar.
Y éste es acabar con la organización democrática de la sociedad y sustituirla por una teocracia.
Es decir, acabar con un sistema legal que permite convivir a personas de distintas formas de pensar y sustituirlo por otro en el que todos estemos obligados a pensar de una sola manera.
Unos y otros (católicos y musulmanes) piden que lo que ellos consideran pecado (que es algo que pertenece a la moral de cada uno) sea considerado delito (que es algo que pertenece al plano legal y que afecta a todos)
Unos y otros (católicos y musulmanes) pretenden organizar la sociedad teocráticamente y no democráticamente.
Es muy ilustrativo observar cuál es la organización de los países en los que rigen las leyes que nos quieren imponer: en el Vaticano su Jefe de Estado lo elige el Espíritu Santo. En Arabia Saudí, al Jefe del Estado lo elige el jefe de Estado anterior.
Estas actitudes totalitarias (de católicos y musulmanes) ponen en peligro la organización democrática que tanto tiempo y esfuerzos nos han costado conseguir.
Francisco Ortuño Parra