No hay persona, en cualquier cultura o tiempo de la historia, que no haya vivido alguna experiencia de sufrimiento: es algo que no se elige, se padece, y además de forma muy subjetiva e individualizada. El sufrimiento es un estado emocional desagradable, negativo, temible, por eso en ocasiones provoca conductas automáticas de evitación o de huida. Llegamos a sufrir a través de mil puertas diferentes, ante cualquier situación que amenaza nuestra existencia (violencia, pérdidas, enfermedades, proximidad de la muerte ) al tiempo que nos sentimos indefensos para hacerle frente. Si este balance de amenazas frente a recursos se desequilibra, surge un estado de angustia e impotencia con fuertes resonancias emocionales, vivido de manera muy particular e intransferible por cada uno de nosotros.
¿Tiene el sufrimiento algo de bueno en sí mismo? Esta cuestión va ligada a una creencia que atribuye al dolor y al sufrimiento un significado como algo natural e inevitable, virtuoso, que hay que guardar para uno mismo y soportar en silencio, sin quejarse ni reconocerlo. La aceptación del sufrimiento, su afrontamiento, no implica la afirmación de su bondad; así que podemos afirmar con rotundidad que no es bueno sufrir. Ello no significa que nuestro sufrimiento o el sufrimiento de los otros no pueda ser utilizado con un buen fin, como parte de una opción personal voluntaria de ayuda para acompañar a los que sufren, como muestra de generosidad o solidaridad, pero entendido siempre en este sentido como un mal menor.
No podemos ser impasibles ante el sufrimiento del otro. El sufrimiento exige una respuesta, un compromiso, una responsabilidad. En la sociedad actual es frecuente considerar el sufrimiento como algo inevitable de lo que todos somos víctimas inocentes. Culpables son siempre los otros, el sistema, la enfermedad, el pasado. Pero existe una parte del sufrimiento que siempre es evitable, que nos obliga a no desentendernos del otro, a mirarle directamente a la cara sin retirar la mirada. En el ámbito sanitario son frecuentes las conductas de este tipo, cuando alegamos la falta de recursos económicos o de tiempo para atender a los enfermos con todos los medios disponibles, cuando normalizamos el concepto de espera quirúrgica, o la masificación de los servicios de urgencias con los enfermos en los pasillos, o la falta de acceso universal a los cuidados paliativos. Los profesionales sanitarios, los políticos y los gestores no estamos exentos de responsabilidad, que deriva del verbo latino spondeo, asumir un compromiso solemne (con el enfermo que sufre).
Esta responsabilidad nos lleva a procurar el cuidado del otro como un deber moral, y no únicamente como un sentimiento de proximidad hacia el enfermo o una simple opción. Cuidar a un ser humano que sufre es humanizar su realidad. La labor de cuidado reconoce un compromiso personal con el sufriente desde una perspectiva relacional (ponerse en el lugar del otro, averiguar qué piensa, qué siente, por qué sufre) que acepta y respeta la dignidad de cada persona con todas sus diferencias.
¿Tiene sentido el sufrimiento? No podemos caer en el error de dar a cualquier precio un sentido a la desgracia. Aunque el sufrimiento no tenga ningún sentido, no quiere decir que no haya personas que sí puedan encontrarlo, y ello a pesar del propio sufrimiento. Decía Víctor Frankl que lo que destruye al hombre no es el sufrimiento, sino sufrir sin sentido. Nuestra labor como cuidadores lleva también implícita una lucha contra el sinsentido antes que contra el sufrimiento inevitable, ya que ello ayuda a disminuir la propia experiencia de sufrimiento. Esta búsqueda de sentido, tremendamente difícil, nos pone en contacto con los misterios más insondables de la condición humana: consiste más en presencias y en acciones de acompañamiento a la persona que sufre, generando procesos e búsqueda, que en afirmaciones o respuestas contundentes.
Decíamos que existe un componente del sufrimiento que es inevitable, compañero inexorable de la experiencia humana. Si no se reconoce, y a cambio se lucha desesperadamente o se huye de manera inadecuada frente a él, se convierte en una nueva fuente de sufrimiento. Como el perro que va atado a un carro con una correa que le permite moverse hasta cierto límite; llegado ese momento, es preferible correr detrás del carro que ser arrastrado y estrangulado. En palabras de Séneca, ningún yugo es tan apretado que hiera más al que lo lleva que al que intenta sacudírselo.
Sin duda es posible conseguir el objetivo de un hospital sin dolor, con medidas fundamentalmente farmacológicas, pero resulta una falacia un hospital sin sufrimiento. Aliviar el sufrimiento es una labor personal (no depende de medicamentos ni de máquinas) que se inicia con la atenta escucha activa y la aceptación del que sufre. Reducir este sufrimiento al mínimo, acompañarlo y consolarlo, requiere una labor de cuidado responsable en la que todos estamos implicados.
Juan José Valverde es médico de Oncología del Hospital Virgen de la Arrixaca.