Un joven sale de su habitación visiblemente inquieto al no encontrar una pastilla alucinógena, se encuentra con su abuelo y le pregunta: «Abuelo, ¿has visto un tripi que tenía en la mesilla?» Y el abuelo le contesta: «Y tú ¿has visto el dragón que tenemos en el pasillo?»
Pues, miren ustedes, yo he alucinado sin necesidad de tripi. Y no sé si eso es bueno porque todavía no he perdido la capacidad de sorprenderme, o es malo porque la humanidad todavía conserva la habilidad de seguir comportándose con increíbles grados de irresponsable estulticia.
Vale. No doy más vueltas. Mi alucine se debe a ver en la televisión a un niñito o un niñato, según como se mire, de nueve años, plantado ante un toro, vamos, un torazo para la edad del niño, por mucho que no deje de ser un cachorrón para un torero adulto.
El crio, de rodillas, esperaba con el capote a puerta gallola (creo que se dice así, de toros no entiendo un cuerno) a que saliese el animal directamente del toril. Andaba yo en ese momento pelándome una naranja y se me heló la sangre. Cosa que agradecí porque evitó que perdiera un buen chorro de ella cuando, del sobresalto que sentí al voltearlo el toro, me corté un buen tajo.
Y, claro, mi sangre no surgió pero las preguntas se me desangraban por la herida ¿Cómo coño les dejan a esos desnaturalizados padres seguir con la tutela de su hijo? ¿Dónde están, en el Gobierno, el sentido de la sensatez, de la responsabilidad, el deber de velar por las gentes ? Pero ¿y las gentes? ¿Qué me dicen de la gente que abarrotaba y jaleaba en la plaza? Parecía un circo romano en el que en cualquier momento alguien bajaría el pulgar y pediría la cabeza del zagalito. Era todo tan almodovariano, tan increíble
«Este, el niño siempre quiso torear este , siempre mostró mucho arte este » Eran las palabras del padre, que parecía tener claro solamente uno de los puntos cardinales ¿adivinan cuál? Pues sí, el este. Pero de norte vamos, de norte andaba más desnortadado que una brújula sin aguja.
Cuando hablamos de robar la infancia a los niños, se nos viene a la cabeza la explotación sexual o el trabajo en minas, basureros, talleres clandestinos, elaboración de ladrillos etc. Es decir, aquello que asociamos con sacrificio y oscuridad. Sin embargo, cuando vemos a un crío cantar en televisión, mientras los padres con caras de gilipollas mueven los labios al compás de las letras y sueltan unas lagrimitas de emoción, las luces, los focos, los aplausos nos impiden imaginar que también se le está robando la infancia. Y, por supuesto, mucho menos lo sospechamos ante los relámpagos del traje de luces y la nevada de pañuelos pidiendo orejas y rabos (anda, que si me dejaran a mí los iban a tener por docenas, pero no de los toros precisamente).
Vamos, que no necesitamos ponernos la peli de Espartaco para comprobar lo bestia que era la humanidad hace dos mil años, que sólo tenemos que plantarnos ante el telediario para entender, como bien dijera Leonardo Da Vinci, que «El hombre es el rey de los animales, pues su brutalidad (y su estupidez, añadiría yo) supera a la de éstos» y que para hacer dinero no hay que tener ingenio, basta con no tener escrúpulos.