No es necesario afinar el oído ni evitar los sonidos típicos y molestos de la ciudad, ni siquiera afilar la vista para distinguirlo. Está ahí. Inunda todo el corazón de la ciudad, apagadas las luces de las calles, encendidas las almas de quienes lo contemplan en cada esquina, moribundo; imagen patética de Aquel al que todos alabaron y siguieron un día y ahora abandonan. Tiene el Cristo del Refugio una expresión tan dolorosa que es complicado aguantarle la mirada. Desfila con paso lento, a golpes de campana y latido, solitario entre la multitud, sin un hombro donde reclinar su cabeza. Sin embargo, apenas uno repara en quienes lo acompañan, descubre que bajo sus pies se extiende una marea de túnicas negras que lo arropan. Son los hermanos del Refugio, anónimos bajo los capirotes, sin buscar en este mundo otra gloria que la penitencia que hacen cada Jueves Santo.