Amigo de los poetas -en silencio- , viajero a lugares lejanos -en silencio-, artista de pocas palabras -de ellas disfruta con la lectura-, y pintor de anhelos, soplos helados para combatir el calor (de la vida), y paisajes cálidos en los que refugiarse del frío y la tristeza (de la vida), Martínez Mengual lleva años recibiendo elogios por la belleza (silenciosa) de su obra. Francisco Brines, autor de poemarios luminosos como El otoño de las rosas y La última costa, unió sus versos a la obra pictórica y mediterránea de Martínez Mengual y juntos crearon un libro de bibliofilia, editado por Ahora y prologado por Carlos Marzal, que con el título de La iluminada rosa negra sigue aún hoy provocando suspiros.
Vitalidad
«Qué hermoso trabajo el suyo, es un milagro cómo pinta mi poesía», dice Brines de Martínez Mengual, cuyos frutos pictóricos suelen ser sensuales, vitales y estar cargados de nostalgia y de invitación al placer. Si los arboles, el mar y los cuerpos desnudos eran la materia encendida y poética que compusieron su trabajo Donde la espuma sueña, un título sacado de unos versos de Cernuda que no han dejado de inquietar jamás a Martínez Mengual, en Ausencias los paisajes, los patios vacíos, las flores en todo su esplendor junto al muro de una casa abandonada y «el desorden con el que se está construyendo, y que lamento», aparecen como soñados, recordados, acariciados, añorados.