Querido amigo: En esta tarde odiosa de luto magenta, mientras la ciudad aguarda expectante y desentendida en sillas incómodas de tablillas, aún no sé por dónde ni de qué manera, ni siquiera si por una esquina o un terrado, antes de que repique en San Antolín el primer toque sobre las tarimas de Carrión, te asomarás un instante infinito, sembrada como siempre la sonrisa en tu rostro, y como siempre tendida la mano y el alma dispuesta para contemplar que nuestros ojos se cuajan de lágrimas y recuerdos.