No habíamos quedado en que la tecnocracia era nefasta para la democracia porque significaba la exclusión de los políticos en la toma de decisiones y dejaba a los técnicos el ejercicio absoluto del poder ? Entonces, ¿cómo es posible que el presidente de la Diputación Provincial de Málaga, encargado legalmente de encauzar la salida de la crisis del Ayuntamiento de Marbella asegurara ayer que los integrantes de la futura Comisión Gestora deben tener un acusado perfil técnico y que sería deseable que quien lo presida sea una persona de afiliación política independiente, de autoridad moral incontestable y clara referencia social? Y cómo se puede entender que eso sea lo que han acordado los dirigentes del PP, PSOE, Izquierda Unida y Partido Andalucista, que es tanto como reconocerse incapaces de aportar soluciones racionales a los asuntos públicos? ¿Es que ninguno de los políticos que compondrán esa comisión -seis miembros del PSOE, otros seis del PP, dos de IU y otros dos del PA, que no tendrán que estar empadronados en el municipio y cuyo número será par a fin de evitar una posible alianza que pueda propiciar una mayoría absoluta- posee estas cualidades?
Saint-Simon fue el primero que en su obra Réorganisation de la société européenne, de 1814, propuso llevar al poder a los técnicos y dirigentes industriales que en su época lideraban el proceso de transformación económica en Francia. Auguró el reemplazo inevitable de «el gobierno de los hombres» por «la administración de las cosas». Lo mismo pensaba Augusto Comte, quien entendía que la sociedad industrial, científica y tecnológica, cada día más compleja requería una dirección técnica y no política.
La solución técnica para Marbella sienta un peligroso precedente saintsimonista. Porque da a entender que los políticos son incapaces de defender el interés general y tienen que llamar en su auxilio a los técnicos no para que los asesoren sino para que apliquen la racionalidad a las decisiones.