Todo lo que ponga la tele en casa es de interés general. Y no sólo si se trata de un derbi, ahora llamado clásico, como el Barça-Real Madrid de la otra noche. Los anunciantes de la sopa, de los relojes y, sobre todo, de los cruceros, que están de moda, pagan millones por una supuesta condición interesante de sus marcas, que el espectador se traga casi siempre sin entusiasmo, más bien con indiferencia, pero a la fuerza ahorcan. Como, según el refrán, sobre gustos no hay nada escrito -o sea, de lo que más se escribe-, hay quien pasa de Eto'o y hay quien le adora y lo mismo digo de las carreras de Fórmula-1, que deben apasionar con unanimidad porque ocupan los mejores minutos del día en las pantallas, al contrario que algunos programas cuya exclusión le parecería razonable a la mayoría mientras unos pocos abominan de eso de cámera y café y más si los sirven a diario en la hora time esa, o sea, a la de cenar, que está todo el mundo embobado con la caja tonta.