En aquel tiempo, Jesús echó a andar delante, subiendo hacia una plaza castiza, alborotada y remota, llamada de Las Flores, pues en sus balcones crecían geranios y algunos mercaderes vendían ramos. Al acercarse a la parroquia de San Pedro, junto al bar que muchos conocían como Rhin, mandó a unos estantes que estaban montando la mesa del Arrepentimiento, diciéndoles: «Id al corazón de la huerta, más allá de la autovía, donde aún no se alzan, amenazantes y fríos, los edificios; al llegar, encontraréis un borrico atado, que nadie ha montado todavía porque el Bando está lejano. Desatadlo y traedlo. Y si alguien sobre la cieca os pregunta «¿por qué lo desatáis?», contestadle: «El Señor lo necesita. Apenas faltan unos minutos para las siete de la tarde y revienta el barrio entero de túnicas verdes».