«Hay que estar muy satisfechos porque cada vez tenemos más gente». La frase, pronunciada a la recogida por el hermano mayor del Cristo del Socorro, Manuel Martínez Guillén, resume a la perfección lo que fue la salida en vía crucis penitencial, con los primeros claros del festivo Viernes de Dolores, del Cristo del Socorro y la Santísima Virgen de la Soledad del Consuelo.
La procesión congregó a miles de personas entre los aledaños de la antigua catedral y las iglesias de Santa María de Gracia y la Caridad. Pero a diferencia de otros años, el público no fue un mero observador sino que también siguió masivamente los pasos del Cristo Moreno.
La procesión partió a las cuatro de la mañana desde la calle Concepción para bajar por las de San Francisco y Campos hasta el templo de Santa María de Gracia. Allí se hizo estación de penitencia ante la imagen medieval de la Virgel del Rosel, antigua patrona de la ciudad. Posteriormente, el sencillo cortejo buscó la plaza de San Francisco en dirección a la iglesia de la Patrona, donde a las seis de la mañana se detuvo para escuchar misa y venerar a la Caridad. Por primera vez en muchos años faltó a esa madrugadora cita el obispo emérito, Javier Azagra, de viaje en su Navarra natal. El encargado de oficiar la eucaristía fue el sacerdote castrense José Luis Arnal.
Tras la misa, la procesión afrontó sus últimos metros de recorrido por la calle Caridad, plaza de Risueño y calle del Duque. Al llegar a la plaza de San Ginés ya había despuntado el alba y el público congregado entonó con emoción la salve de despedida a la Soledad del Consuelo. Los tronos del Cristo y de la Virgen enfilaron de nuevo la calle Concepción, donde con mayor intimidad sus penitentes y portapasos los despidieron hasta el próximo año.