Mi amigo es de fiar. Y muy cívico. Lo que diga me lo creo. O sea que de eso no hay que preocuparse.
Pues, señor, hubo un tiempo en que Correos era el rey. Las cartas, los paquetes, los dineros, en fin, lo que hiciera falta llegaba Correos y lo tramitaba. Quiero decir que mandaba cada cosa a su sitio y, todos, más o menos, estábamos satisfechos. Y hasta orgullosos, si es que me apuran.
¯Me acuerdo yo de que se podían mandar hasta mantecaos.
De to lo nacío, sí señor. Después, con la modernidad -los seures y todo eso-, Correos se vino abajo. Pasados unos años, con no sé qué cambios en la titularidad o lo que fuere, la institución decide incorporarse a las exigencias de los tiempos nuevos. Por eso a mi amigo le extrañaba que, últimamente, cuando debía recibir en casa un certificado -que para eso se paga-, el cartero le dejaba siempre un papelote diciéndole que, como quiera que estaba ausente, tendría que acercarse por la oficina para recoger el envío.
Lo malo era que mi amigo no estaba ausente, sino que, sin tocarle el timbre ni nada, lo daban por ausentado. Hasta que advirtió que, en la última ocasión, justo a la hora en que llegó el funcionario (¿o ya no son funcionarios?), él estaba a un metro y medio de donde suena el timbre. Y, claro, confirmó que ciertos eran los toros, ya que el timbre no sonó.
Así es que, después de confirmar que el aparato funcionaba perfectamente, se fue a la oficina de Correos con el resguardo en la mano, hizo su inevitable cola y, recuperada la carta, le explicó al jefe lo que le venía sucediendo. Respondió el dicho: «Ah, sí. Usted llamó ayer por teléfono. ¿Y qué le dijeron?».
¯Pos na. Que palillo y flor de malva.
«Mire -dijo el jefe-. Lo que tiene que hacer es una reclamación por escrito».
¯Bueno, verá: yo no quiero molestar, ni joder a nadie. Sólo pretendo que le diga al cartero que haga el favor.
Y el jefe: «No, no. Eso ha de ir por la vía reglamentaria».
Y, nada, por más que porfió este buen amigo, que si quieres arroz, Catalina. De modo que se retiró con el certificado en la mano y el rabo entre ambas dos piernas, como se dice.
¯¿Y es que no aprenderemos nunca?
¯Pues se conoce que no.