A Juan Olivares (Alzira, 1973) nada más (y nada menos) le hace falta tener «un ojo con apetito, sensible y permeable» para encontrar la chispa de lo cotidiano que ponga en marcha su mecanismo creativo. Cada obra le surge de una pequeña sensación provocada por una canción escuchada, una metáfora apresada, un rato de conversación con un amigo... Unas fuentes de inspiración que, en esta ocasión, han dejado atrás trabajos más sobrios -«a base de blancos, amarillos, negros y almagras»- para dar origen a una explosión compositiva: «una especie de big bang con colores saturados, que chirrían, que se quedan en la retina» del observador, define.