«Fue sólo un momento, un cuarto de hora; no pensamos que fuese a pasar nada». Mauro se excusaba así por haber dejado a la hija de su novia Joana en el coche, a las cuatro de la mañana, mientras ellos entraban a la discoteca Mundo, en el barrio del Infante. El chico, de 20 años, no podía ocultar su angustia. Pasó toda la mañana en la puerta de la comisaría, esperando noticias, mientras Joana prestaba declaración. Los minutos parecían horas, y de la pequeña no había ni rastro.
Pasadas la una y media de la tarde, una llamada de móvil le anunció la noticia. La niña estaba sana y salva. «La abuela se ha quedado con ella y no nos ha dicho nada; y eso que he estado hablando con ella esta mañana», comentaba perplejo.
Una hora más tarde, un coche patrulla dejó en comisaría a la madre y a la niña, después de haberla recogido en casa de un familiar de la abuela, en Beniel. Lo primero que hizo la pequeña fue correr a los brazos de Mauro, que la acogió con una sonrisa de alivio. Joana sonreía feliz por el final de esta historia. Sus pantalones embarrados eran la huella palpable de una noche que terminó en búsqueda angustiosa. «Me he metido en todos los parques y todos los rincones para buscar a mi niña», contaba ya tranquilizada.
Aunque dirigió toda su indignación hacia la abuela, asumió su error. «Esto nos servirá de escarmiento; no volveremos a hacerlo», reconocía.