Tantas cosas huelen mal en este tiempo y en este espacio que vivimos entre el asombro y la indignación, que a veces, por el aturdimiento que nos producen las palabras y los hechos, somos incapaces de descubrir y describir lo verdaderamente hermoso. Tantas cosas y tantos casos huelen mal que la lista se nos hace larga hasta la extenuación y nos conduce al desánimo o al descreimiento en la voluntad de las personas. Si en la Dinamarca shakesperiana de Hamlet algo olía a podrido, en la España de ahora mismo surgen y se mantienen olores que tiran de espaldas sin posibilidad inmediata de reanimación.
Huelen mal algunos callejones de la política por los que transitan los vividores de la misma sin otro propósito que el de mantenerse en el sillón y cerca del cajón, cuando no escalar la cima sin importarles a quienes pisan. Huelen mal las mentiras repetidas con las que se trata de justificar lo injustificable. Huelen mal los pactos y apaños de interés partidista que pretenden ser vendidos como éxitos políticos, aunque en ello vaya la integridad de la nación española. Huele mal el uso, en casos bien sabidos, de la palabra paz, cuando la paz se alcanza tras una guerra entre dos naciones o dos bandos enfrentados, no tras el anuncio de tregua de una banda asesina que ha hecho todo el daño posible a un país y ha dejado tras de sí una estela de muerte de casi un millar de seres humanos.
Hay tantas cosas que huelen mal en esta hora española de certeras indignidades que resulta difícil sobreponerse a las mismas. El olor de la corrupción que desprenden determinados enjuagues de la economía y los negocios, donde manifiestan su voracidad los personajes del dinero y el juego sucio, sin olvidar a ciertos políticos (nacionales y locales) siempre dispuestos a acusar al oponente para tapar sus corruptelas y sus propias miserias. Huele mal la violencia aumentada y repetida que destruye familias y que convierte a muchas mujeres en víctimas seguras de la crueldad de su pareja. Por supuesto huele mal el ensañamiento callejero de determinados grupos de desalmados con los socialmente débiles, sin olvidar la tensión creada en el ámbito de la educación y la enseñanza en la que muchos padres, o, si lo prefieren, progenitores, tienen cierta culpa.
Naturalmente en este inventario urgente y reducido de las cosas y casos que no huelen bien, encontramos en primera línea con su influjo cultural y social y todo su poder de manejo colectivo, la mass media, o la comunicación de masas, para entendernos mejor. No todo lo que leemos, oímos y vemos, ofrecen el aroma de lo bueno y agradable; basta con detenernos en la comunicación de la imagen y la palabra surgida de ciertas programaciones televisivas sustentadas en la provocación, el insulto, la irreverencia, el escándalo y el mal gusto a raudales. Hay productos televisivos que huelen fatal pero que gozan, según los mercaderes del medio, de elevados índices de audiencia; así que a continuar con el maloliente negocio.
Ante todo lo expuesto uno se pregunta si no existe por estos días de la nueva estación un elemento cercano y hermosamente humilde que nos descubra el buen olor, no metafórico sino real y legítimo, haciéndonos sentir la agradable presencia de la primavera. Es justamente lo que encontramos en un simple proceso de la Naturaleza al cruzar la calle o la plaza cuando el limonero o el naranjo se desprenden de su florida riqueza expresada en azahar. Aquí, en Murcia, donde aún es posible ese milagro que contrasta abiertamente con la basura urbana y el motor de explosión. Cruzar, por ejemplo, la Plaza del Cardenal Belluga uno de estos anocheceres supone recibir el oloroso regalo del azahar. Algo natural y sencillo que inspiraba a Jorge Guillén en su época de profesor universitario en esta ciudad. El milagro que nos aleja de todo lo que el hombre altera, manipula y destruye y que nos lleva a decir con Neruda: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera».