La drástica prohibición de fumar que entró en vigor a principios de enero produjo inmediatamente un leve descenso de la venta de tabaco. Sin embargo, quienes pensasen que este país había entrado en el buen camino desde el punto de vista sanitario porque había comenzado un retroceso en la extensión de este hábito insano se equivocaban: en febrero, quizá al amparo de los bajos precios debidos a la ocasional guerra comercial que se suscitó, volvió a subir el consumo. Se vendieron concretamente 314 millones de cajetillas, un 1,6% más que en febrero de 2005.
La reflexión que cumple hacer es obvia y puede hacerse extensiva a otros muchos ámbitos: las prohibiciones gubernativas son poco eficaces y si se pretende cambiar hábitos y modificar costumbre en pro del bien común, conviene más el camino de la seducción que el de la proscripción.
La extrapolación es pertinente sobre todo a la seguridad vial: no será criminalizando al usuario como se combata decisivamente la accidentalidad sino persuadiéndolo de que cambie de hábitos y conduzca de otro modo. Y no sólo con palabras sino también con la evidencia de que desde el Estado se hace lo posible por incrementar la seguridad.