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Domingo, 2 de abril de 2006
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OPINIÓN
LA VENTANA
Integral
En el transcurso de una charla informal un ilustrado amigo sostenía con convicción la idea de que la infección que presentaba su compañera era consecuencia directa de la tensión nerviosa a la que había estado sometida. Opinión que chocaba de plano con el escepticismo mostrado por su interlocutor para quien el problema se ceñía a la acción de unos gérmenes patógenos sin más. Reflejo a escala reducida de la controversia que divide a los científicos en su apreciación del papel que emociones, sentimientos y espíritu tienen sobre la salud. Nada extraño pues el revuelo que siguió a la invitación al Dalai Lama en la reciente Reunión anual de la Academia Norteamericana de Neurociencias para que debatiera sobre el valor de la meditación, como entrenamiento del cerebro y su papel para generar compasión y pensamientos positivos y su acción sobre el bienestar del individuo. Sus detractores consideraban que la ciencia pura debía mantenerse al margen de lo que entendían como materias de difícil encaje con el empirismo, mientras que los partidarios de la intervención argüían que no es factible establecer una separación tajante entre lo psíquico y lo somático.

Debate de la influencia del estado emocional sobre la génesis de las enfermedades y su curación tan antiguo como la propia medicina. Tanto en las tradicionales china y ayurvédica como en la hipocrática se tenían muy en cuenta los aspectos morales y espirituales en el tratamiento de los males, objetivo que sólo podía resultar satisfactorio si se consideraban estas actitudes indisolubles con la acción del medio ambiente y de los remedios naturales. Visión integradora vigente en la cultura occidental hasta los siglos diecisiete y dieciocho, arrinconada por el pensamiento y los avances científicos. En especial a partir de Descartes y su radical separación entre mente y cuerpo concretada en la pregunta filosófica ¿tengo un cuerpo o soy un cuerpo? Res extensa por un lado, res cogitans por otro. Premisa cartesiana que condicionó el saber médico, orientado hacia aspectos mecanicistas, a la dimensión orgánica de la persona, en detrimento de la vertiente espiritual, desdeñada de modo erróneo. Corriente favorecida por los sucesivos descubrimientos como el microscopio, el termómetro o los microorganismos que permitieron franquear barreras impensables para desentrañar los mecanismos de la fisiología humana y del proceso de enfermar. Sin embargo la segunda rama del conocimiento trufada de conceptos como el inconsciente o el delirio, difíciles de encajar en el método positivo propio de las ciencias naturales sujetas al filtro implacable de la demostración, no evolucionó de forma paralela.

Separación que ahora se trata de superar en parte por el empuje incontenible de las denominadas medicinas alternativas y complementarias. Pero sobre todo por la posibilidad de acceder a explorar las hasta hace poco recónditas regiones del cerebro y poder registrar los cambios que experimentan sus elusivas funciones, como una parte más de la respuesta global del organismo para adaptarse a estímulos externos emocionales, sociales, espirituales o ambientales. También gracias a la comprensión del modo en el que se engarzan estas funciones con el resto del organismo, articuladas a través de los sistemas nervioso autónomo y neuroendocrino mediante la liberación de sustancias conocidas como neurotransmisores. Su acción modula aspectos de la circulación, la respiración, la digestión o la posición del cuerpo. Regulan asimismo la fabricación de productos celulares encargados de frenar la invasión por microorganismos, por medio de anticuerpos y mediadores químicos de la inflamación y cuya merma se ha comprobado ante situaciones de alarma mantenidas. Tarea de investigación que ahora se divulga hacia el gran público en la que destaca el papel del neurofisiólogo portugués Antonio Damasio último premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, empeñado en profundizar en esta disputa de connotaciones casi escolásticas. No es ninguna sorpresa el que su obra más conocida se titule El error de Descartes, en la que mantiene la teoría de que lo físico es sustrato obligado de lo pensante y propone la existencia de una explicación biológica para la actividad mental.

Después de todo puede que mi amigo no anduviera errado en sus suposiciones.



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.

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