Me consta que, cuando escribo sobre el azahar, hay un conjunto de lectores que intenta manifestarse en la calle en plan de protesta. Y no porque tengan nada contra la purísima flor. Lo que no soportan es que, cada doce meses, en llegando la floración, escriba yo una Zarabanda sobre el que consideran manido asunto.
Yo los comprendo. Hasta diría que los comparto. Pero esto no es nuevo en el periodismo. Hubo uno aquí en Murcia que, en llegando Jueves Santo, publicaba siempre el mismo artículo en la prensa local. Sin tocarle ni siquiera una coma de una vez para otra. Esto era, sin duda, peor que lo mío. Pues uno, quieras que no, cada marzo que Dios amanece procura darle al articulejo un sesgo diferente, a ver si me comprende usted. Pero, claro, abandonar el tema definitivamente, eso no puedo. Tendrían que atarme las manos.
Este empecinamiento mío, que no se detiene ante nada, débese a que el suceso del azahar en Murcia es algo que le imprime carácter a una ciudad. Y lo mismo a su contorno huertano. Ya sé que en Sevilla ocurre lo mismo. Y en otros lugares más lejanos, como California o Israel. Pues naturalmente. Donde haya un naranjo en flor, allí estará reinando el suavísimo perfume del azahar.
Pero estamos en Murcia y a Murcia he de aludir. Mire usted: cuando sales por esas calles y te envuelve el olor a azahar, a mí se me ponen duras las catecolaminas y me dan ganas de gritar: ¿Viva España! ¿Qué quiere que le diga?
Observe el lector que no digo: ¿Viva Murcia!, sino que, en función de esta Murcia olorosa y enervante -en los dos sentidos de la palabra-, lo que canto es: ¿Vivamos todos! Pues nosotros sí compartimos, por mucho que también llevemos dentro nuestro propio Estatuto.
Esto de recibir -caminando como vas por la ciudad- un perfume tan excelente (y tan gratuito, que esa es otra), me creo yo que es lo que más debió de impresionar a Beatriz Portinariy al mismo Dante en su viaje al Paraíso. Pues doy por cierto que Dios cultiva naranjos allí en el Cielo.
¯Y si no, pues se le mandan unos plantones -promete uno de Asaja.
Desde mi ventana veo dos naranjos medianillos, pero con tanta flor que parecen nevados.
Es que es la leche.