Una alambrada que le va al pelo al penal de Alcatraz, con una cámara y una gran puerta hermética y verde. Por allí es imposible colar una mirada, no hay lugar a la indiscreción. A ambos lados se extiende el naranjal y tras él una especie de cortina a propósito para deshacer las miradas que pese a todos los obstáculos hayan podido atravesar la puerta. Esa es la llamada finca de los Gil, la explotación agrícola La Loma, a mitad de camino entre Los Alcázares y Torre Pacheco, registrada el miércoles y supuestamente comprada por la trama marbellí por 100 millones procedentes de delitos.
Tanta ocultación ha sido el caldo de cultivo perfecto para las suposiciones. «Ahí entraban unos coches mu pero que mu majos, grandes coches, cochazos... y hasta un helicóptero», dice Carmen Galindo, que vive justo enfrente. La finca también esconde un gran chalet, una piscina, una pista de aterrizaje y hasta una capilla, según los vecinos. «Se veía venir, pasaban cosas muy raras», dice su marido, Eugenio Martínez.
Sobre la explotación planea el fantasma de los Gil. Muchos vecinos de la pedanía pachequera de La Puebla, a la que pertenece la finca, creen que la familia Gil podría estar ligada a la finca de una u otra manera. «Aquí venían los obreros y decían que estaban haciendo una obra para ellos», asegura Pepe Escudero.
María Alcaraz consiguió entrar a la finca. Es la dueña del bar El Miedoso, en la misma carretera y sólo unos metros más allá de donde se levanta La Loma. «¿Aquí los Gil! ¿Qué va, ni hablar, ni hablar!», dice sorprendida cuando se entera de que algunos vecinos han comentado que la archifamosa familia estuvo comiendo allí en una ocasión. «Quien sí ha estado ha sido Juan Antonio Roca», señala acerca del otro murciano detenido en la operación del miércoles.
María ha conocido el misterio de La Loma. Ella sí entró en una ocasión. «Fui a llevarles una cosa que me habían dejado en el bar para ellos. Tampoco fue para tanto», concluye.