Hace unos años, para obtener una Declaración Am-biental positiva y poder redactar el proyecto de una variante al núcleo del municipio de Fortuna, respetando de entrada a sus famosos badlands, fue necesario, debido a la contundente actuación de Ecologistas en Acción en defensa del Medio Ambiente, consumir algo más de cuatro años en el empeño. Cantidad de tiempo muy superior (¿) a la que el programa A.G.U.A. está necesitando ambientalmente para batir el récord mundial de desalinización con aguas del Mediterráneo (a veces pienso que el rasero de medir tiene un plumero por mango, muy visible). En lo que se me critica, yo hablaba de Alhama y de Polaris, y en la respuesta que los titulares me ofrecen con una contundencia que me halaga, se incluye la riqueza ambiental que existe en el litoral sumergido de nuestra Región, en donde las praderas de posidonias certifican la limpidez de sus aguas. Y realmente, ¿qué tendrá que ver la posidonia con Alhama?, ¿no habría sido mucho más acertado haber expresado las excelencias del litoral murciano en el momento de conocerse que habrían de instalarse a lo largo del Mar Mediterráneo plantas de desalinización -ninguna de ellas sostenida por energías renovables- que habrán de trasegar la sal (multiplicada por dos) de 500 hectómetros cúbicos cada año, en lugar de haber guardado un significado y político silencio? Y, ¿por qué, también el silencio como medida ambiental, ha sido la brillante aportación del ecologismo regional a la hora de ejecutar el oleoducto que partiendo de Cartagena, llega hasta Puertollano cruzando diagonalmente la Región?, ¿habrá sido para celebrar la bondad de una refloración de la traza con productos de determinado vivero muy ambiental? La práctica de este ecologismo, para mí, no es producto de la ignorancia sino del sesgo, del sesgo político que anima a sus componentes. Por desgracia, desde la desaparición de Luís Ramírez no he visto en esta Región voz tan autorizada como la suya, y eso que al final de su carrera fue denostado por sus propios compañeros porque, animado por la racionalidad del inteligente, puso sus conocimientos a disposición de determinado estudio ambiental relativo a cierta iniciativa urbanística que no llegó a buen puerto.
Confío en que -no habiendo sido tan ponderado como Enrique Egea y Pedro Morillas en sus juicios sobre el modelo de desarrollo regional, que comparto- el lector dé a mis criterios mayor importancia que al de los que me critican, entre otras cosas porque pongo por delante mi independencia de juicio y además soy un gran ignorante de tanto aprender. En cuanto a que el equipo de titulares cuestione mis conocimientos y mi actitud, el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos me hubo concedido la Medalla de Honor. Los empresarios de la construcción me han distinguido con su paleta de oro por mi decidido empeño en mejorar el desarrollo razonable (esto es, sostenible) de mi Región. Si la consejera requiere mi aportación en Horizonte 2010, como diría el sabio, «me rebasa y me rebosa». Y, en fin, si he sido objeto de un premio periodístico (Agua para todos) lo fue porque en mi apasionado diálogo con el agua no he emitido ni una sola falsedad. Me cuestione o no el equipo de titulares del Departamento de Ecología, incluidos suplentes, utillero y masajista, si lo desearan.
Termino enunciando lo que para mi es un desarrollo sostenible. Es un desarrollo que procura la cohesión territorial de modo que hace compatible tanto el crecimiento económico como la demanda social, basado en la conservación y mantenimiento del patrimonio cultural y natural. Por consiguiente, en este triángulo equilátero cuyos vértices son los conceptos citados, lo razonable es situarse en el baricentro del mismo, de modo que el equilibrio de las tres fuerzas se resume en una componente de progreso tasado democráticamente por la sociedad. Cada vez tengo más fuerte la sensación de que el desarrollista más destacado tiene muchísima menos inercia que cualquier conservacionista a ultranza, por desgracia. Y respecto a los bárbaros del Norte, la expresión no es mía -ya quisiera tener yo la facilidad de intuición de Luis Racionero, ya.
Juan Guillamón es ingeniero.