Según una ley aprobada en el Congreso de los Diputados, tan reciente como tardía, los ministros, secretarios de Estado y otros altos cargos estarán obligados a dar a conocer su patrimonio. El Boletín Oficial del Estado divulgará las finanzas de los hombres públicos, que en general tienen un exquisito pudor y no suelen alardear de sus economías privadas.
Incluso a los que no nos importa en absoluto el dinero de los demás y sólo en la medida imprescindible el nuestro, pueden intrigarnos algunas situaciones. Hay que alegrarse ante la contemplación del esplendor bursátil de gentes que antes vivían con ciertos apuros o sin ningún apuro, pero con algún comedimiento. Ya se sabe que el dinero es tan difícil de ocultar como el fuego, la tos o el amor, pero hay personas que son verdaderos orfebres del disimulo y se hacen tres trajes del mismo tejido para demostrar su austeridad o van a restaurantes de dos tenedores, pero sin pinchos, para que se note que detestan el lujo. Ese linaje no abunda. Lo normal es que los nuevos ricos de la política tengan interés en exhibir su bienestar. Dijo Luis Cernuda que la curiosidad es un insecto que anida en los volantes de la luz. También en la sombra. Y no hay que despertarla porque es insomne.
Quizá habría que ampliar la ley y obligar a que publiquen su brusco patrimonio a los cargos pequeños. Son mucho más numerosos y el cambio que han dado algunos a sus vidas es llamativo. En los pueblos litorales se nota mucho. Iban en alpargatas y tienen flotillas de coches. Habría que contratar al detective Luis León, protagonista de la estupenda novela de Félix Bayón titulada De un mal golpe. La escuela marbellí es insustituible para aprender sobre mafias, sobornos y corrupciones. Sobre todo para quienes no quieran volver a dar golpe.