El último, por el momento, apasionado episodio protagonizado por el alcalde de Lorca ha supuesto, aunque oficialmente se afirme lo contrario, un varapalo de enormes dimensiones en la construcción del edificio socialista, en cuyas paredes han vuelto a proyectarse como fantasmas redivivos las imágenes de desunión que el partido de Saura acumula en su no tan alejada historia. Y no podía ser de otra manera. Porque, junto a la política del agua que el socialismo murciano plantea con deseos de que el tiempo corra más rápido para favorecer la construcción de las desalinizadoras, se añade la bandera de la regeneración política cuya expresión más palmaria es la oposición tajante al que ellos mencionan como modelo popular del ladrillo.
Y ha sido, precisamente, en el entorno de este modelo en el que Miguel Navarro, con una trayectoria siempre controvertida entre su pasión municipal y su militancia socialista, ha dinamitado lo que parecía un marchamo unívoco de su secretario general: no a las, denominadas desde su punto de vista, macrourbanizaciones con campos de golf. Alhama y Polaris fijan claramente el modelo contrario al predicado por la Ejecutiva socialista.
Y es que, más allá y más aquí de una controversia bien contada en nuestras páginas con los pareceres de todos sus protagonistas, la militancia socialista y los agregados que puedan conseguir en el centro-izquierda no aciertan a comprender cómo el cambio en la cúpula del PSOE regional de finales del 2004 dejó tantos resquicios para el disenso; ni cómo, ante la enorme distancia filosófica con sus adversarios en materia de diseño territorial, pudo no controlarse proyectos municipales que, como los de Lorca, son siameses del diseño popular. Animados por el oxígeno de la victoria nacional de su partido a los escasos seis meses de su Congreso regional, las denuncias cuerpo a cuerpo contra el aparato popular han descuidado la siembra ideológica entre sus bases y sobre su potencial electorado.
En estos momentos, para mal y nunca para bien, ambos partidos aparecen envueltos entre las nieblas de un rosario de críticas que han alejado a los ciudadanos de la contemplación de las bondades que toda acción política debe representar en la búsqueda del bien general. Antes bien, la revancha por la duda arrojada sobre el contrario excita los peores deseos de venganza y, así, aumenta la sensación de que, dígase lo que se diga, son tal para cual.
Ambos partidos, al unísono, afinan su maquinaria y nos anuncian una prolongada campaña electoral, cuya principal incógnita para resolver será la socialista: saber, con referencia únicamente a la mayor actualidad, si la política territorial, proclamada pero no definida ideológicamente, se percibe como un freno al desarrollo económico de la Región y ello origina un rechazo de sus candidaturas y dilata sus expectativas más allá del próximo mayo del 2007. Mientras tanto, el PP mima a su candidato y excluye hablar de otro futuro.