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Domingo, 19 de marzo de 2006
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OPINIÓN
REFLEXIONES Y RECUERDOS
¿Reloj no marques las horas!
Durante siglos la vida ciudadana se regía por las campanadas del reloj de la torre, pero ahora hay quien abomina de ellas. «¿Ay, campanera! ¿Por qué será?». Una vecina del pueblo de Zarandona, que ha oído campanas y sí sabe donde, ha logrado que un juez las haga enmudecer. Hay personas que tienen el oído demasiado fino y, a veces, tienen que oír lo que no quisieran. Sé de una señora a la que despertaban las pisadas del gato andando por la casa. Hubo que encerrar al minino en el garaje por las noches, porque esto resultaba más barato que enmoquetar toda la vivienda. En cambio a quienes somos tenientes (de complemento), lo único que nos perturba el sueño son, por ejemplo, los zagales con las motos de escape libre, los coches con chin-chin-pum discotequero en los altavoces, los canes, que se encanan ladrando y el chirriante camión de la basura.

Pasé mi infancia en una pedanía, cuya torre parroquial no tenía reloj, y bien que se echaba de menos, pero, cuando me quedaba a dormir en la ciudad, en casa de los abuelos, la voz grave de la campana mayor de la Catedral, dando las horas, me producía una sensación de íntimo bienestar. Era un sonido pausado y solemne, como la de un bajo cantando un aria barroca, una nana monocorde, que me ayudaba a coger el sueño, quizá porque me confirmaba que el universo seguía en orden. Había también otras campanadas más desazonantes: las de las diez de la noche en el reloj de la Puerta del Sol. Las retransmitía la radio antes de comenzar el Diario hablado, es decir, el parte, y marcaban el momento inexorable en que los hijos de familia teníamos que estar en casa. Cuando aparecieron los primeros magnetofones se les ocurrió a unos canallas la broma perversa de grabar las famosas campanadas y reproducirlas, a todo volumen, en la zona del paseo, un cuarto de hora antes, provocando una estampida de jovencitas histéricas y llorosas, que corrían sin aliento hacia sus casas, para conjurar la bronca paterna.

Si proliferan las sentencias condenando a perpetuo silencio el toque de las campanas, se cumplirá el deseo de aquel bolero, que tanto éxito tenía en los guateques, y que decía: «¿Reloj, no marques las horas!». Ni Orson Welles podrá ya recrear al Falstaff shakespeariano en Campanadas a medianoche, ni Heminway se preguntará por quién doblan las campanas, ni se cantará en Navidad lo de «campana sobre campana». Quasimodo se quedará en el paro. Las brujas tendrán que comprarse un reloj digital, para saber cuándo tienen que salir volando hacia el aquelarre y a los relojes de la Selva Negra les cerrarán la ventanilla, para que el cuco no cante las horas, por si despierta a alguien y, de paso, les transmite el virus de la gripe aviar.



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.

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