«¿Qué podemos hacer en una isla desierta?». Puede que estén un poco chiflados, pero la pregunta de esta pandilla de científicos locos no es en absoluto trivial. La respuesta está en las caras de los niños que, a carcajada limpia, siguen embobados las andanzas de estos extraños profesores. Se puede reir, e incluso soñar, en ese islote de enfermedad y dolor en el que viven estos pequeños.
Los niños ingresados en La Arrixaca disfrutaron ayer de lo lindo con la sorprendente visita de la profesora Nosésisé y sus colegas Bandergrof, Paquito e Igorina, dispuestos a hacer vibrar a los pequeños pacientes con el primero de los talleres de Ciencia Divertida, que van a desarrollarse este mes en todos los hospitales de la Región con área infantil. Nosésisé y el resto de su tropa se llevaron a los niños a una isla lejana y desierta, en la que sólo hay lugar para experimentos mágicos y delirantes.
A Verónica, de 5 años, el hospital le pareció ayer el sitio más divertido del mundo. No paró de reir mientras la doctora Bandergrof andaba muy preocupada por encontrar algo de comida en aquella isla desierta. «Hombre, un huevo», dijo al fin. Pero el huevo había que guardarlo, y Verónica no podía introducirlo por la estrecha boca del recipiente que le ofrecía la extraña Bandergrof. «Ahora verás», dijo, y haciendo uso de toda su ciencia, la científica introdujo un algodón ardiendo e impregnado en alcohol. Y, magia, el huevo entró. «¿Ooooooh!», exclamación general entre la concurrencia infantil. Y la profesora, orgullosa de su hazaña, lo explicó. «Al calentar el aire, éste se expande y sale al exterior. La diferencia de presión hace caer al huevo». Fue sólo una de las muchas cosas que pudieron aprender. Pedro José pudo comprobar cómo el poliacrilato de sodio convierte el agua en una espesa sustancia, y la electricidad estática puso los pelos de punta a una de las monitoras de los pequeños.
Pero si los niños disfrutaron, los padres no se quedaron atrás. Loli Hernández miraba embelesada a su hijo. A los 11 años, ya sabe lo que es estar ingresado en un hospital, aunque afortunadamente ayer venía de su casa. «Hoy hemos venido a la consulta de Hematología, pero pasa aquí muchas temporadas. Para ellos es muy duro», contaba. Ayer, sin embargo, su retoño aplaudía como loco. «Esta alegría les dura ya todo el día, es estupendo que se hagan cosas así, se les olvida la enfermedad por completo», decía sin poder reprimir alguna lágrima que vislumbraba en sus ojos.
«Vamos a contar en chino», decía Nosésisé. Y, brincando en sus sillas, o tendidos en sus camas, los pequeños coreaban: «Chiguanuno, chiguandos...». En esta isla, el cáncer o la leucemia habían sido exorcizados. «A ver, ¿cómo vamos a llamar a mamá desde este lugar perdido?», preguntaba el profesor Paquito. La pequeña Noelia respondía rápida: «Con un mensaje en una botella». Y con una bomba de aire, el mensaje salía disparado sin rumbo definido.
Nadie quería regresar de aquella isla, y además los cuatro científicos chiflados tampoco tenían muy claro cómo conseguirlo. Así que llegó Harry Potter con su escoba y se los llevó a todos. Hasta la próxima visita.