Dicen las crónicas -y creo que lo dicen bien- que el profesor Gracia es el referente más notable de la bioética no ya española, sino mundial. La bioética es una diciplina muy reciente, pero que ha irrumpido con fuerza porque los tiempos que corren, marcados por los avances científicos, necesitan apoyarse en ella a la hora de ser explicados y aplicados.
Diego Gracia sucedió a Laín Entralgo como catedrático de Historia de la Medicina de la Complutense. Y como seguidor del filósofo Xavier Zubiri, ha dirigido su reflexión hacia los problemas abstractos del ser humano. Como médico que nunca dejó de ser, mantiene el contacto con los problemas concretos a los que se enfrentan los médicos actuales.
Este próximo martes intervendrá en el Aula de Cultura de La Verdad, en la sala de Cajamurcia.
-La bioética es una disciplina reciente. ¿Cuál es su justificación?
-La bioética nació hace ahora unos treinta y cinco años. Las razones de su aparición son varias. En primer lugar, el tremendo avance tecnológico que se ha producido en las ciencias biomédicas en la segunda mitad del siglo XX, que no tiene parangón en la historia de la humanidad. En segundo lugar, la emancipación de los ciudadanos en un aspecto de su vida que hasta los años sesenta les estuvo vedado: la gestión autónoma de su cuerpo, de su sexualidad, de su vida y de su muerte. Es una revolución que yo he comparado muchas veces a la revolución francesa. Si en ésta los ciudadanos reivindicaron su papel activo en las decisiones propias del espacio político, ahora ha sucedido lo mismo en el espacio de la gestión del cuerpo. Es una revolución no menor que la francesa, que como es bien sabido fue el comienzo de toda una nueva edad en la historia del Occidente, la llamada Edad Contemporánea. Tan importante fue aquello, y tan importante creo yo que es lo que está sucediendo ahora.
-¿Cómo le parece que debe guardarse la sangre tomada del cordón umbilical? ¿En el plano solidario, como en el caso de los trasplantes, o por medio de bancos privados?
-Guardar la sangre del cordón umbilical es importante, porque permite utilizarla en caso de sufrir ciertas enfermedades muy graves. Para quien puede ser más útil es para el propio individuo, aunque también existe la posibilidad de que pueda utilizarla otro, siempre que resulte compatible. Quiero decir con esto que lo óptimo sería que se pudiera conservar la sangre del cordón umbilical de todos los recién nacidos. No se hace porque resulta bastante caro. En la actualidad no se recogen las células más que de un pequeño número de nacidos. Esto puede hacerse con dos criterios. Uno es que esas células estén disponibles para quien las necesite, con independencia de que sea el propio individuo u otro completamente ajeno. Es aplicar a este caso los mismos criterios que se usan en la política de donación y trasplante de órganos. La otra posibilidad es permitir que quienes estén dispuestos a pagar el almacenamiento y conservación de su sangre, puedan hacerlo. No creo prudente demonizar ninguna de las dos posturas, y mi opinión es que pueden coexistir ambas, al menos mientras no se generalice la conservación de las células provenientes del cordón umbilical de todos los recién nacidos.
-¿Son una dificultad para los avances científicos las creencias de las diferentes iglesias?
-Creencias tenemos todos y no podemos no tener. Hay creencias de muchos tipos: religiosas, políticas, etc. Ortega y Gasset escribió un espléndido ensayo titulado Ideas y creencias. En él dice que «las ideas se tienen y en las creencias se está». Las creencias son el suelo sobre el que construimos nuestras vidas. Y ello a pesar de que no son completamente racionales. Las creencias no son por completo racionales, pero deben ser razonables. Cuando esto no sucede, cuando se asumen de modo irracional, dan lugar al fanatismo, al fundamentalismo y al sectarismo. Estas actitudes sí son un problema para el avance científico. Pero conviene advertir que también hay fanáticos de la ciencia, es decir, personas que toman los datos científicos como las únicas y absolutas verdades, esto es, como dogmas. Se puede ser dogmático en cualquier cosa, y eso siempre es peligroso.
-Usted fue el primero en usar el término «bioética mediterránea» para distinguirla de la bioética norteamericana. ¿Están muy alejadas una de otra? ¿En qué, principalmente?
-Es un hecho que la bioética nació en Norteamérica y que poco a poco se ha ido extendiendo por todo el mundo. Esto ha hecho pensar a algunos, sobre todo a los norteamericanos, que se trata de un típico producto norteamericano y que la bioética de los demás países no puede consistir en otra cosa que en la reproducción mimética del modelo americano. Pienso que esto es un error. Es utópico pensar que la bioética se puede hacer en todos los sitios de igual modo, aunque sólo sea porque las culturas y las tradiciones son distintas, y en consecuencia también los valores, que son un elemento fundamental en la determinación de nuestros deberes, y por tanto en ética. Nosotros somos un país mediterráneo y latino, y eso imprime carácter. Las éticas latinas y mediterráneas, que por cierto son las más antiguas, ya que la ética como disciplina nació en un país mediterráneo, en Grecia, se ordenan en torno a los conceptos de virtud y vicio. Las éticas anglosajonas, por el contrario, utilizan de preferencia el lenguaje de los derechos y deberes. Esto permite entender que nuestros visitantes consideren que tenemos poco sentido del deber, pero un gran sentido de ciertas virtudes, como la amistad, el compañerismo, la relación interpersonal, etc. Mi opinión es que en España no se puede hacer bioética simplemente importando la que se hace en América. Sería absurdo. Es necesario recrearla aquí, teniendo en cuenta, eso sí, todo lo que podamos encontrar de aprovechable, que es mucho, en la que ellos han venido haciendo a lo largo de estas últimas décadas. La bioética española no puede ser completamente distinta de la norteamericana, pero tampoco exactamente igual.
-¿De qué manera se puede alcanzar un acuerdo, diríamos que universal, para coincidir sobre la mejor manera de servirnos de los recientes y revolucionarios adelantos en medicina?
-Hay algunas cosas en que esos acuerdos son posibles y deseables, pero hay otras muchas en que no. La tesis de que se acabarían los problemas si consiguiéramos ponernos de acuerdo y elaborar unas leyes universales me parece, además de utópica, falsa. De hecho, todos los acuerdos que se van consiguiendo lo son a base de utilizar un lenguaje tan genérico y ambiguo, que al final no se sabe muy bien lo que dicen, permitiendo de ese modo todo tipo de interpretaciones, por más que unas sean contradictorias con otras. Un ejemplo concreto lo tenemos en la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos aprobada recientemente por la Unesco. A fin de conseguir la aprobación de todos los países integrantes de la Unesco, se han ido introduciendo modificaciones que han ido poco a poco cambiando el primitivo sentido del texto. De ahí que mi confianza en las grandes declaraciones universales sea muy pequeña. Pienso que lo más práctico es seguir exactamente el camino contrario, yendo de abajo arriba y no al revés. Lo que hay que hacer es educar a los ciudadanos mejor de lo que lo estamos haciendo. Es la única manera en la que creo posible construir un mundo mejor. Por eso me he dedicado a la enseñanza. Si creyera en el otro procedimiento, probablemente hubiera intentado ser político.
-¿Qué es la técnica deliberativa?
-Esta pregunta viene bien para continuar el tema donde lo dejaba hace un momento. Porque si la alternativa que propongo es la educación, la pregunta obvia es educar en qué o educar cómo. Mi tesis es que hay que educar en los valores, un mundo que tenemos desatendido y que resulta fundamental en toda vida humana. Es sorprendente que este mundo de los valores, aquel por el que los seres humanos matamos y morimos continuamente, se halle tan desatendido en la formación de las personas. Resulta sencillamente paradójico. Y a mi entender, suicida.
La ignorancia ha llegado a ser tal, que hoy el tema no se resolvería introduciendo una asignatura, o dos, o cien, en los planes de enseñanza, porque no habría profesores que las enseñaran. Es un tema tan desconocido que no tenemos ni profesores preparados para darlo de modo adecuado. Para mí, éste es el punto más urgente. Y aquí es donde entra lo que usted me pregunta, el método de la deliberación. Porque sobre los conflictos de valores no caben soluciones matemáticas. El método para analizar esos conflictos es la deliberación, y su término es la prudencia. La deliberación es el procedimiento establecido ya por Aristóteles para tomar decisiones prudentes. Y también desde la Antigüedad, la prudencia es la virtud ética por antonomasia.
-¿Cuál es el papel del ciudadano en el ámbito de la bioética?
-Es muy importante. Entre nosotros es frecuente confundir bioética con ética médica, y pensar que esto de la bioética es una cuestión que sólo interesa a los profesionales de la salud. Pero eso no es así. Antes decía que la bioética tiene que ver con el nuevo modo que tienen las personas de gestionar el cuerpo, la vida, la salud, la muerte y la sexualidad. Y esto no atañe sólo a los médicos sino a todos los ciudadanos. Ahora estamos en un momento muy interesante, en el que la bioética está pasando de los hospitales y las instituciones sanitarias a la sociedad. Durante las décadas pasadas, la bioética se ha ocupado de ayudar a los profesionales de la salud, pero ahora se está dando cuenta de que esto no es suficiente, que es necesario ampliar el horizonte y salir a la sociedad, porque, como le digo, se trata de los problemas que plantea la gestión del cuerpo y de la vida, y esto no es tema que interese sólo a los médicos, sino que afecta a todos y cada uno de los miembros de la sociedad. La educación en los valores y la gestión prudente de las cuestiones relativas a la vida y al cuerpo, es fundamental para el presente y, sobre todo, para el futuro de la humanidad. En ello nos va mucho a todos.