Cuando eran un fenómeno emergente, los museos trataron de acercar la cultura del vino de una forma rápida a los visitantes. Este empeño los convertía en auténticos manuales -muchas veces interactivos- en los que se podía aprender todo el proceso, desde el cultivo a la cata, que rodean a los caldos.
Su proliferación y empuje -existen en la actualidad más de 50 y localidades como Requena (Valencia) cuentan incluso con dos- ha provocado que los visitantes busquen en ellos algo más que una didáctica. Ahora, la competencia les empuja hacia la especialización y la localidad. El turista enológico puede acumular seis o siete muestras a lo largo de una ruta, «y en todas no podemos explicarle cómo se elabora el caldo», apunta un experto.
Esta dicotomía entre lo local y lo general, entre la especialización y lo genérico también será analizada en el congreso, en el que los responsables de museos tratarán de encontrar una dirección común para que el enoturista, cada vez más exigente, no se canse de este tipo de oferta.