La historia del arte en Murcia -como tantas veces se ha escrito, aunque todavía esté por hacer la gran obra que la sistematice- sufre su punto de inflexión, su pequeña ruptura provinciana con la generación que empieza a producir en los años veinte (prolongada en el tiempo por el precoz Ramón Gaya, recientemente desaparecido), a la que pertenece y da entidad la figura de Joaquín García Fernández (1892-1956), excepcional pintor, destacado maestro (de su escuela del Malecón, salieron entre otros Sofía Morales, Vicente Viudes, Eloy Moreno, ) y artista que siempre deja el regusto agridulce de lo que pudo ser al comprobar lo que llegó a ser y la vigencia de sus propuestas.
Sensible, intuitivo, conocedor del oficio, su obra parece estar impregnada de esa univocidad cromática que degenera en el descuido y la bohemia («Su tendencia a la bohemia -escribe Martín Páez- parece que dejaba períodos de inactividad, aunque esta leyenda fuera construida por el propio artista y no respondiera a la realidad »); que no precisa de la concreción para mostrarse sólida en su significado y contenido, y que con trazos densos y sutiles (y no es contradictorio en él y en su obra) levanta el edificio de su pintura con raíces tan profundas que, a veces, escapa a la simple observación.
El carácter abocetado, que incluye la aparente monocromía de ciertas obras, no es más que la manifestación externa del valor expresivo de las obras, de esa despreocupación por la forma -sólo exponente de la habilidad mecánica- que le aproxima a las corrientes actuales que rechazan la manualidad. El objet trouvé -el objeto encontrado- por él es la pintura, y el tratamiento que le da es la evidencia de un deseo de no manipular en exceso (si las circunstancias se lo permiten) ni convertir el trabajo en un ejercicio académico igual al de cualquier otro. La obra es personal, el resultado es personal, y en todas lo que queda reflejado es su personalidad, tan arrolladora que aún hoy sigue fascinando, sobre todo a los pintores.
En la exposición del artista de San Antolín, y que el Almudí acoge en el cincuenta aniversario de su fallecimiento, el recorrido por el todo Joaquín sirve para confirmar lo aprendido y dicho sobre el mito; sobre su genialidad, que le llevó a preocuparse poco por la factura, por las formas -ya apuntamos algo de esto- al ser el límite y al constreñir la idea en el interior de la materia grosera, y a dar mayor importancia a lo que se deja entrever, a la velada insinuación que, como poco, envuelve las obras en un halo de misterio, obligando al espectador a desinhibirse y, sin prejuicios, dejarse arrastrar al interior de la pintura atraído por la fuerza magnética que subyace en ella, y que es lo que denota, lo que pone en evidencia la grandeza del artista, de Joaquín.