«Nos ha dado pena ver que allá, en un confín de España, se ha exhumado de un archivo el retrato del músico para rememorarlo, trayendo con su recuerdo mil evocaciones de la época suya, y, en tanto, nosotros, a quienes obligan el imperativo de la afinidad -por ser paisano nuestro- y el deber de mantener vivo el prestigio de las glorias del terruño, dejábamos pasar en silencio las efemérides».
Lo escribía el siempre venerable José Ballester, aunque con una escueta firma de S., que ampliada respondía a Sagitario, seudónimo que utilizaba con frecuencia. El comentario aparecía en la primera de La Verdad del 3 de marzo de 1926, y llevaba por título Una figura casi olvidada. Se refería al músico murciano Manuel Fernández Caballero, a quien, un periódico de Oviedo había recordado -«con sus luengos mostachos cuando todavía no estaban encanecidos, y la mirada laxa de aquellos ojuelos suyos, que tantas veces destellaron con el goce del triunfo»- a propósito del veinte aniversario de su muerte (26 de febrero de 1906). Acaba de cumplirse el centenario de su desaparición y, como escribió Ballester, al menos en lo que a conmemoraciones se refiere, Fernández Caballero vuelve a ser una figura -salvo honrosas excepciones- casi olvidada.
Manuel Fernández Caballero nació el 14 de marzo de 1835, en la llamada Plaza de los Gatos, y que, actualmente, ostenta el nombre del protagonista de esta historia. Fue el último de los dieciocho hijos del matrimonio formado por Manuel Fernández Plaza (fallecido meses antes del nacimiento de quien se convertiría en famoso compositor de zarzuelas) y Gregoria Caballero Soto. Sería Julián Gil Yucas, «notable violinista» y director de la banda municipal de música, cuñado de Manuel y marido de su hermana mayor, quien actuase de tutor.
Primera obra
Con quince años, Fernández Caballero marchó a Madrid, por sus destacadas dotes para la composición. Entró en el Conservatorio, con el voto unánime del tribunal. En 1953 era director de orquesta del Teatro Variedades, y, posteriormente, lo fue del Lope de Vega, Circo y Español. Su primera obra, Tres madres para una hija, se estrenó con gran éxito el 24 de diciembre de 1854. Desde esta fecha, hasta 1864, cuando marchó a Cuba, para dirigir una compañía de zarzuela, compuso veintiocho obras.
Su retorno de la experiencia cubana, en 1871, fue una auténtica revolución, pues nadie esperaba que volviese a componer tras esos años de silencio. Se dedicó por entero a la zarzuela, y en noviembre de 1891 fue elegido miembro de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. El 2 de marzo de 1902 tuvo lugar su ingreso, en el que pronunció un discurso sobre «los cantos populares españoles, considerados como elementos indispensables para la formación de nuestra nacionalidad musical». En el Diario de Murcia, el periodista Antonio Osete comentaba que su discurso «fue interrumpido muchas veces por nutridas salvas de aplausos arrancados al selecto auditorio, en virtud de los precisos datos, máximas artísticas, rasgos ingeniosos y frases rotundas de que está resaltado el discurso de Fernández Caballero». Osete escribía en su crónica sobre «el artista eminente, el compositor correcto y delicado, el murciano esclarecido».
La recepción en la Academia de San Fernando conllevó para Fernández Caballero un posterior y gran homenaje en su tierra natal. Cuando llegó de Madrid fue recibido a lo grande -como recordaba el pasado día 28 García Martínez en La Zarabanda-, en la estación del Carmen. Posteriormente, los actos se sucedieron y culminaron con un banquete en el salón de baile del Casino, el 14 de abril, al que asistieron las más altas personalidades de la Murcia de 1903, junto a una serie de periodistas, que se habían desplazado desde la capital de España para seguir los actos.
Fernández Caballero murió el 26 de febrero de 1906 en Madrid. Los periódicos murcianos se volcaron, durante varios días, en recordar y elogiar la figura del ilustre personaje, el único músico a quien se le había otorgado, con fecha 22 de enero de 1903, la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso XII. Con el paso del tiempo se fue borrando su recuerdo, tal y como afirmaba José Ballester, quien, en el artículo con el que se inicia esta crónica, aludía a cómo «cautivaba entonces la popular melodía hábilmente encontrada por el fecundo compositor murciano», en sus distintas zarzuelas.
El 14 de marzo de 1927, el periodista Ramón Blanco, a través de El Liberal, organizó una campaña encaminada a recuperar el recuerdo de Fernández Caballero -a quien calificaba como El coloso del pentagrama-, que debía permanecer con el levantamiento de un monumento en su honor, situado en la Plaza de Romea o en el Paseo del Malecón.
Aroma de Murcia
Madrid se unió a esta llamada con sendos homenajes (en el Teatro de la Zarzuela, con la presencia de la reina doña Cristina y la infanta Isabel, y en el Calderón), cuya finalidad era recaudar fondos para el monumento. En Madrid -escribía Jesús Quesada Sanz en la prensa de la época- «sentimos palpitar muy en lo hondo el alma, la patria chica» y se «respiraba el aroma de Murcia». Los actos también se sucedieron en el Teatro Romea, con la finalidad de recoger el dinero necesario para el monumento, que fue encargado a José Planes y que, según escribía Ramón Blanco, «es grandioso en un todo, por sus fantásticos relieves que consolidan la obra maestra del insigne escultor murciano».
El 14 de marzo de 1935 se cumplió el centenario del nacimiento de Fernández Caballero, y se conmemoró con una serie de actos, organizados por el Conservatorio Superior de Música, en el Teatro Romea y en el domicilio del Orfeón Murciano, que ya llevaba el nombre del músico. «Solo faltó- escribía El Tiempo- lo que habría sido el completo homenaje de Murcia a su hijo preclaro: la inauguración del monumento o, en su defecto, la colocación de la primera piedra. No pudo ser, desgraciadamente, pero nos queda la satisfacción de que pronto ha de ser viva realidad». En efecto, el monumento fue inaugurado, al fin, el domingo 21 de abril de 1935, en plenas Fiestas de Primavera, aunque de modo parcialmente provisional. Había surgido imprevistos: no había podido ser fundida la figura de La Fama, que remataba el pedestal, y Planes no había dispuesto de tiempo suficiente para terminar el conjunto de la obra. El cartón piedra había sustituido a piezas auténticas. Con el tiempo se culminaría el monumento que puede contemplarse, al completo, en la Plaza de Romea, en la capital.