Perdió el gusto por fumar puros, unos habanos espléndidos que le había traído de Cuba su amigo el actor José Luis Pellicena. Fue en Navidad y Alfonso Riera (Murcia, 1956), gestor cultural y director de la Semana Grande de Cajamurcia, supo que algo no iba bien en su cuerpo. Unos meses más tarde, el 10 de junio de 2005, un cáncer en el bazo le condujo a toda velocidad al quirófano. Tuvo suerte -le han comunicado que ya está curado del todo, su familia y sus amigos se han volcado con él, y las muestras de cariño son tantas que le llegan a provocar cierta vergüenza y algunas lágrimas-, y ya anda metido en la preparación de eventos culturales de primer orden. Pero no es el mismo de siempre, ha podido desprenderse de la raíz amarga del dolor y su sonrisa es más amplia y generosa. «El cáncer me ha cambiado», dice. Relajado, feliz, sincero.
- ¿Por qué se negaba tanto a hacer esta entrevista?
- Porque la enfermedad es algo íntimo que sufres tú y los tuyos, y porque he cambiado: ya no busco la notoriedad, ni el halago, ni tener poder, ni aparecer en los medios de comunicación. Mi ego se ha reducido mucho. ¿Para qué sirve tener notoriedad, para qué sirve el poder, para qué sirven los halagos? Todo eso no tiene importancia. Ahora busco la satisfacción en hacer las cosas bien, en la vida y en el trabajo. Además, no he querido ni que me tengan lástima, ni utilizar la enfermedad para nada.
- Cuando le dijeron que tenía cáncer, ¿cómo reaccionó?
- Todo fue muy inmediato. Cuando me comunicó el cirujano Enrique Moreno (Premio Príncipe de Asturias) que tenía que operarme lo más rápido posible, le dije: ¿no puede ser ya? No lo dudé. Así es que me ingresaron y al día siguiente me operaron. No tuve tiempo de comerme el coco. Ocurrió el Día de la Región, el 9 de junio de 2005. Estaba en Madrid para ver el estreno de La Parranda en el Teatro de La Zarzuela y para hacerle una consulta al doctor Moreno. No me imaginaba que lo que tenía era tan grave. Ni mi mujer ni yo nos habíamos llevado ropa para quedarnos en Madrid. ¿Cáncer en el bazo! Yo no sabía ni lo que era el bazo, ni dónde estaba. La operación salió bien, y después la quimioterapia la llevé con paciencia.
- Francamente, algunos de sus amigos no hubiesen dudado en afirmar que usted se vendría totalmente abajo, no olvide lo aprensivo que ha sido y cómo un leve arañazo le ponía de los nervios.
- Jamás pensé que un día tendría cáncer. Siempre piensas en las cosas buenas que te pueden ocurrir -¿qué bien si me tocase la lotería!, por ejemplo-, pero no en ¿qué haría yo si tuviese un accidente grave de coche? A mí mismo me ha sorprendido mucho mi reacción de serenidad frente a esta enfermedad, porque lo normal en mí era, ante cualquier complicación de cualquier tipo, ponerme en plan pesimista y desmoralizarme. Hasta ahora no había conocido en mí una reacción tan positiva ante un golpe tan duro. La gente que me conoce está alucinando, y todos me dicen que siga con este espíritu optimista y que no vuelva a venirme abajo por tonterías. Antes, cualquier tontería me afectaba mucho.
-Y, ¿qué le ha pasado ahora para sufrir este cambio?
- Por primera vez, he visto a la gente que me quiere -a mi mujer, a mis hijos, a mis padres, a mis amigos...- sufrir por mí. Cuando los he visto sufrir, eso sí que me ha causado un gran dolor, y he reaccionado: me dije que se merecían que yo les hiciese el sufrimiento por verme enfermo lo más liviano posible.
-¿No tuvo la tentación de aprovechar la situación para que se volcasen aún más con usted?
- La tentación de hacer cualquier cosa para que te quieran más y más la tienes siempre, pero a mí me pudo el deseo de no verlos tristes. Así es que me propuse, además de hacerle caso en todo a los médicos, no perder la calma, no mostrarme hundido ni nada de eso.
- ¿Quiso tener la máxima información sobre su enfermedad?
- Sí. Leía todo lo que pillaba y descubrí que había doscientos mil casos como el mío, o mucho peores, a mi alrededor. He hablado con muchísimos enfermos que me han contado su experiencia, y eso te une con la gente que sufre, te hace mirar a los demás de otra manera, con más comprensión.
- ¿Ha llegado a sentirse solo?
- Imposible. No me han dejado solo ni un segundo. La más grande fortuna que he tenido, además de haber podido superar el cáncer, ha sido comprobar que tengo muchos y muy buenos amigos. En los peores momentos, sí es cierto que me preguntaba cómo podrá afrontar esta enfermedad la gente que está sola. Yo, solo no lo hubiera superado. Tengo muy claro que recomiendo a la gente que tenga la tentación de aislarse cuando le descubren el cáncer, que no lo hagan.
- Sin embargo, hay amigos suyos que viven lejos que le han regañado por no haberles avisado.
- Tuve muy claro que a los que estaban más lejos les iba a evitar toda preocupación.
- ¿Ha sentido miedo?
- No, sorprendentemente tampoco he sentido miedo. Será que he madurado y sé que todo es transitorio y pasajero. Lo que sí es impepinable es que cuando pasas por algo así te das cuenta de que lo más importante en la vida es la salud. Hay que dejarse de historias y tonterías, la salud y querer y ser querido es lo único que de verdad merece la pena.
- ¿Llegó a pensar que era el fin?
- No, nunca pensé que estaba en una situación límite. En ningún momento, ni a solas ni en compañía, he pensado en la muerte. Cuando me despedí de mi mujer para entrar al quirófano, ni se me pasó por la cabeza que no la volvería a ver. Pensé, ¿dentro de un rato nos vemos!
- ¿Ha llorado?
- No, durante la enfermedad, no. He llegado a llorar después, ya recuperado, al ver la alegría con la que me han organizado reencuentros los amigos, o en mi último cumpleaños con toda mi familia reunida. He llorado de felicidad.
- ¿Sintió rabia al saber que le había tocado a usted?
- No, la enfermedad es una lotería de la que nadie se puede mantener al margen por propia voluntad. A unos les toca el premio gordo y a otros la pedrea. A mí me tocó la pedrea, ¿porque estoy vivo! Eso sí, ¿como ya me ha tocado la pedrea no tengo ningún interés en que me toque el gordo!
Consejos médicos
- ¿Ha cambiado mucho su vida?
- Ahora me la tomo con más tranquilidad, pero no es que me haya retirado del mundo. Duermo la siesta, sigo a rajatabla todos los consejos médicos, disfruto de los paseos, me reúno más con los amigos en nuestras casas y, por el momento, no he vuelto a viajar, que es una pasión. Pero casi en ningún momento me desconecté del todo del trabajo, por ejemplo. Me gusta mucho mi trabajo y he seguido vinculado a los proyectos en marcha y pensando en nuevas ideas.
- ¿Y el orden de sus valores?
- Afortunadamente, ahí sí que ha habido cambios. El trabajo, por mucho que te guste, como es mi caso, no puede ser el primer valor. Lo primero es tener salud y cuidarla, y entender que sin tener una familia y unos amigos a los que querer, la vida es una tontería. Yo he tenido momentos en los que he pensado que el trabajo estaba por encima de todo, y cuando hace ya más de 25 años tenía aspiraciones en el mundo de la política, creía que ésta era lo máximo. Y no, nada de eso.
- ¿Se atrevería a decir que es ahora mejor persona?
- No, pero sí que soy más comprensivo con los problemas y las angustias de la gente. Antes me fijaba menos en el sufrimiento de los otros. Ahora quiero ser más útil a los demás, es una necesidad. Y, fíjate, si fuese más joven no sería extraño que me liase la manta a la cabeza y me fuese a algún lugar lleno de desgracias a echar una mano.