La innovación, un concepto tan de moda, no sólo consiste en financiar a investigadores para que desarrollen nuevas tecnologías: también en discurrir con originalidad, en avanzar políticamente con audacia en la exploración de territorios inexplorados, en buscar el concurso de la inteligencia para desarrollar formas innovadoras de progresar. En el Reino Unido, por ejemplo, Blair ha irrumpido en el debate sobre la decadencia de los sistemas educativos en Europa con una propuesta brillante (aunque no por ello menos polémica): un plan para la escuela concertada basado en criterios de libre mercado: aunque el Estado seguirá financiando los tramos de educación primaria y secundaria, las escuelas deberán competir entre sí, de forma que los colegios que obtengan mejores resultados podrán crecer en tanto los peores correrán el riesgo de clausura o de ser puestos bajo tutela. La propuesta, que supone llevar hasta sus últimas consecuencias la idea de igualdad de oportunidades en el origen, es evidentemente polémica, por más próxima en apariencia al thatcherismo que al laborismo, pero al menos demuestra que Blair -y, con él, el establishment británico- discurren para paliar imaginativamente los problemas más arduos de la sociedad actual. No como aquí, evidentemente.