Con los grandes campeones del ajedrez se ha construido el arquetipo del genio distraído, absorto en su mundo inalcanzable y dueño de una inteligencia que lo aleja del resto de los mortales. En Morelia (México) se encuentra estos días participando en el torneo de Linares Vassily Ivanchuk. Es un buen ejemplo. El ucranio, un ajedrecista prodigioso que ya ha ganado la cabria de plata en tres ocasiones y al que sólo unos nervios incontrolables en el final de las partidas impidieron en su día destronar a Kasparov, responde como pocos al canon citado. Tiene una mirada profunda y enigmática, posa ante las cámaras como si fuera a ser fusilado y se mueve con un apresuramiento extraño. De hecho, durante su primera rueda de prensa en tierras mexicanas se chocó contra una puerta de cristal. Ahora bien, en esa misma comparecencia ante los medios sorprendió a todos hablando en castellano. Un periodista español explicaría luego que, hace un mes, se encontró con Ivanchuk y le vio con uno de esos manuales de cómo aprender español en diez días. Con el turco, por lo visto, hizo lo mismo años atrás.