Una de las mentes más lúcidas de la política israelí actual, el ex embajador en España Shlomo Ben Ami, acaba de definir el trágico dilema en que se enmarca la nación palestina: o la dictadura laica o la democracia islámica. Israel, por su parte, habrá de resignarse a contemporizar con la segunda si no quiere regresar a la primera. Esta oscura disyuntiva no es evidentemente exclusiva de los palestinos. En Argelia, el aborto del surgimiento de un régimen islamista en 1992, mediante un golpe de Estado claramente auspiciado desde Occidente que impidió la segunda vuelta electoral tras la victoria del Frente Islámico de Salvación en la primera, provocó un colosal baño de sangre del que el país norteafricano no se ha repuesto todavía. Y en los restantes países árabes e islámicos, la estabilidad a la manera occidental está representada por regímenes cercanos a la dictadura laica -Egipto o Jordania- frente a la inflamación de democracias islámicas como la iraní. Estas evidencias obligan a reformular muchos conceptos, a aceptar que la democracia y los fanatismos religiosos no son conciliables y a preguntarse incluso si es posible mantener diálogos fecundos entre comunidades que abrazan valores franca y directamente incompatibles.