Una sensibilidad extrema, una enorme intensidad en la interpretación y una sensación dominante de armonía, de paz, diré más: de espiritualidad. He aquí algunas de las claves del delicioso concierto de Susheela Raman, una cantante que, por otra parte, maneja con gran aptitud, mimo e inspiración una paleta de registros vocales ciertamente amplia.
La ecuación del poco avezado se basará una vez más en el tópico: vocalista inglesa de ascendencia hindú que juega en las ligas de la world music, no me digan más: asian underground. Craso error, rotundo. La propuesta de Raman fusiona tradición del sur de la India con música occidental, pero ni suena urbana ni presenta elemento o intención clubber alguno. Antes al contrario, su inspiración occidental la toma del soul más sosegado, del pop, del blues menos humeante y del jazz sedoso.
Con un cuidadísimo tratamiento de los ambientes, elaborados con precisión y cariño de miniaturista por su músico, arreglista, productor y pareja emocional Sam Mills -una suerte de Robert Fripp rejuvenecido-, Susheela propone una inmersión en un universo limpio, elegante, cálido, pacifista y rebosante de buenas vibraciones, aunque no siempre amable si atendemos a las formas. El fondo sí que lo es. De hecho, si la música suele tener la capacidad para transportarnos a determinados lugares, la de la autora de Music for crocodiles lo hace más bien a dimensiones. Créanme que no resulta complicado embelesarse con su interpretación y dejarse llevar. Una especie de sesión de meditación, más sofrológica que hipnótica, cambiando la música de pajaritos por un auténtico torrente de sensualidad. ¿Vale decir también de amor o sonará demasiado cursi?
No cuajó su intento de hacernos mantener un om durante una pieza, éramos pocos y tímidos, pero sí que lo hizo, y de qué modo, su repertorio basado en su última y citada entrega Music for crocodiles (Light years, Meanwhile, The same song, What silence said, la adaptación del tradicional hindú Sharavana -cantada en tamil- o L'ame volatile, ahora en francés). También sonaron cortes de sus dos entregas previas, como fue el caso de Bolo bolo o Sarasa, amén de sendas versiones que delatan su buen gusto: Song to the siren, de Tim Buckley, así como Save me, de la singular y reivindicable Joan Armatrading.
Insisto, un concierto de una textura y sensibilidad especiales, en el que ese abismo llamado silencio -hay que ser grande para flirtear con él- se convierte en un importante aliado. Después de ver a Susheela Raman me apetece poco o nada lidiar con el tráfico, los reproches y el estrés. Así que me voy a pasar el día a Cabo Cope. Si todavía existe.