Traje a finas rayas, sombrero oscuro calado hasta las cejas, un hombre de piel negra levanta la tapa de un estuche, de donde extrae una pieza metálica que enrosca en un objeto brillante de tacto frío. Podría ser un gangster del Chicago años cincuenta, pero se trataba de Archie Shepp, que enroscaba anteanoche en San Javier la boquilla de su saxo tenor con parsimonia. Uno de los colosos de la música libre, vieja gloria del jazz, con sus ojos protuberantes y entornados, que ofreció una esplendida muestra del legado de la música negra, con la calidad de un grande.