Lo primero que hizo Antonio Campillo al iniciar su intervención fue mostrar su «gran satisfacción» por haber podido contemplar juntas -pese a que no las había olvidado- las obras religiosas expuestas. «Quizá ahora sería incapaz de hacerlas, porque pertenecen a un momento de mi vida con un ritmo diferente». Recordó su interés por «hacer un tipo de escultura religiosa fuera de la tradición murciana, con todo mi respeto a los escultores anteriores», que se vio frustrado cuando sus obras no encajaban, por su modernidad, o porque el Concilio Vaticano II eliminó prácticamente la presencia de imágenes en los templos. También se refirió a que, a la hora de hacer sus obras femeninas, siempre ha preferido «la mujer voluptuosa, mediterránea, cuyos pechos parecen cántaros de miel. Una mujer robusta con una potencia física impresionante», también como esa maternidad, que está culminando, en la que la madre sostiene sobre sus rodillas a su hijo, de pie y con una paloma entre las manos, como un símbolo de la paz.