El mítico coreógrafo ruso Yuri Grigorovich (San Petersburgo, 1927) creó para el Bolshoi de Moscú durante más de cuarenta años un número importante de coreografías como Flor de Piedra, Leyenda de amor, Cascanueces, Espartaco o Ivan el Terrible. Cuando hace unos meses visitó España al frente de la compañía que lleva su nombre, confirmó su estilo en el respeto a la tradición del clásico pero abierto a todas las tendencias modernas. Sobre esta línea concibió en su día el Romeo y Julieta (1979) que el Ballet del Kremlin ofreció en la segunda actuación en Murcia. Su estructura coreográfica es un clásico avanzado del siglo XX en el que predominan las innovaciones modernistas que, surgidas de Fokine o Nijinsky, se entremezclan de forma sutil con la férrea disciplina de las bases de escuela rusa tradicional y que en Balanchine ya se clasificaría como neoclasicismo. Si junto a este estilo, además, la fantástica partitura de Prokofiev es un reto, el carácter balletístico del drama shakesperiano requiere una interpretación de técnica y alma. Por eso cuando una Julieta perfecta, Natalia Balajnicheva, de pies ligeros, giro adecuado y dominio del escenario, se encuentra con ese Romeo que nos tocó, Serguei Vasiochenko, lánguido, flojo en sus saltos y poco convincente, pues estás deseando que Mercuzio, Mijail Martiniuk, de aglidad, estilo y brío patentes, le quite la novia porque, aunque Romeo tenga otro carácter, no levanta ni a su Julieta, ni pasiones amorosas, ni nada de nada. Vamos, que Teobaldo se lo hubiera cargado con un soplo, pero no podemos cambiar el argumento, claro. Esto hizo que el segundo acto se hiciera pesadito, y que el público pudiera distraerse con el ruidoso desorden de bastidores o haber captado el detalle, sin importancia pero no habitual, vamos, de la presencia en el cuerpo de baile de algún profesional entradito en años. En cuanto al éxito de la nohe, no estuvo mal, aforo mayor que en Giselle y aplauso generoso, agradeciendo de nuevo el acompañamiento de nuestra Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia.