Manuel Gutiérrez Aragón ya se concilió con sus orígenes cubanos en Cosas que dejé en La Habana. Con Una rosa de Francia se permite el lujazo de rodar un melodrama «de amor y aventuras» en la Cuba de los años 50. El guión está escrito para Jorge Perugorría, un seductor canalla que transporta emigrantes clandestinos a los que promete Nueva York y abandona a su suerte en un solitario cayo. Una prostituta adolescente hará que el protagonista pierda el juicio y se enfrente por ella a su joven protegido.
Una rosa de Francia desconcierta a priori al provenir del autor de Feroz y Demonios en el jardin. Parece un melodrama retro, pero posee la fuerza metafórica habitual del director cántabro: aparece un villano carismático, cubanos que quieren huir de la isla, prostitución ; no hay que leer entre líneas para establecer paralelismos con el presente. El veterano director de fotografía Alfredo Mayo consigue recrear el ambiente ensoñador de la isla al inicio del Gobierno de Batista: las cafeterías de imitación estadounidense, las fiestas a la luz de la luna caribeña, el prostíbulo donde las chicas se acicalan en bidés dispuesto en círculo (una secuencia que firmaría encantado el Louis Malle de La pequeña).
Armas de seducción
El envoltorio no flaquea, lo hace el triángulo pasional que no desprende emoción sino aroma a cliché. El joven actor español Álex González (sí, el novio de Chenoa) se limita a lucir su tórax de gimnasio. Carece de recursos actorales para plantarle cara al curtido Perugorría. El descubrimiento del filme se llama Ana Celia de Armas, una estudiante cubana de dieciséis años cuyo fascinante rostro enamora a la cámara.