La agitada politiquilla local se ve removida con un nuevo caso. La compañía murciana Tespis ha puesto en escena un conocido cuento infantil, El mago de Oz, trufado (al parecer) de invectivas políticas contra la izquierda (concretamente contra el Estatut, el presidente Zapatero, etc). Y digo lo de «al parecer» porque no he visto la tal producción. Llevo tiempo sin ir a ver lo que temo que no me va a gustar. No es muy ético que digamos, pero a mi salud la ayudo un montón. El caso es que se ha removío el patio local: la oposición ha puesto el grito en el cielo (con petición de dimisión incluida), los medios han dado cuenta más del hecho social que del artístico, y la gente no sabe ya qué pensar de esta crispación en la que parecemos todos instalados.
A mí me da que, como suele pasar en estos días, todo es un poco desproporcionado. Veamos. Crítica ha habido siempre desde el teatro. Como quiera que, tradicionalmente, el poder ha estado en manos conservadoras, el teatro suele tener un tufillo progresista nato. Pero no siempre ha sido así. Aristófanes criticó al poder democrático griego. Siglos después, Muñoz Seca atizó lo suyo contra la política liberal de la II República. Y, hoy día, Távora pone en cuestión las inercias de la derecha, y Boadella, no digamos; antes, de la derecha; ahora, de la derecha y de la izquierda. Es lo que sorprende más en estos tiempos: que la crítica venga desde la derecha. Así mismo, llama la atención que la obra en cuestión se haya puesto durante casi un mes en el Romea y nadie dijera nada; nadie de la política, claro. Ha tenido que ser un periodista catalán que vio la obra en Almería quien lo denuncie. ¿Qué es lo que ha pasado? Al margen del alboroto propio del momento, que han empezado a salir otras cosas que la sociedad murciana (la artística y la política) ha callado durante tiempo.
Lo mejor es aprovechar el momento para sacar conclusiones de una política teatral concreta, no de una obra, por mucho que se ría del Estatut o de la influencia de Cataluña en la sociedad española. Que el Ayuntamiento piense si ésa es la línea que necesita el Teatro Romea; que Cajamurcia reflexione sobre si su apuesta unidireccional es la adecuada, y que el propio Píriz comprenda que, a veces, la ambigüedad y la sutileza son mucho más bonitas que la inmediatez.