O scar Wilde no era un gran dramaturgo; era un gran escritor, que aprovechaba la inmediatez de la comunicación teatral para contar pequeñas historias que contuvieran un panorama desolador de su entorno. Y todo eso hecho con elegancia, con pulcritud, con inteligencia. Sus obras se llamaban entonces pièces-bien-faite: obras bien hechas, bien escritas, bien construidas, en las que el texto era el principal protagonista, es decir, el autor. La Inglaterra victoriana, a donde había ido a estudiar ese hijo de médico irlandés, aplaudió sin ambages su extraordinario ingenio. Hasta que se vio atacada en sus principios: Wilde demandó al Marqués Queensberry por calumnias. Éste se había visto retratado en La importancia de llamarse Ernesto (1895), pero también, herido en su honor. Su propio hijo, Lord Alfred Douglas, era el amante declarado del autor. Fue el principio del fin. El nombre de Oscar Wilde fue quitado de los carteles y programas de mano, primero, para ser su obra la que desapareciese poco después. La acusación del noble lo llevó a dos años de prisión y trabajos forzados en Reading Gaol, y una especie de destierro en París, en donde murió en 1900.
En 1892, la gran actriz francesa Sara Bernhart intentó estrenar en Londres Salomé. La había escrito Wilde, en francés, y quizás para ella. Vano intento, pues Lord Chamberlan la prohibió por sacar a escena personajes de la Biblia. La obra no se pudo ver hasta 1896, pero en París, y por la misma intérprete. Salomé no se publicó hasta 1931, y en traducción de Lord Alfred Douglas. Se había hecho en cine, a principios del XX, e incluso Richard Strauss compuso su famosa ópera, en 1905. Pero no es de las más representadas del autor. Quizás siempre le pudo el peso de su nacimiento azaroso. En España recordamos una original versión, en 1985, dirigida por Mario Gas e interpretada por Nuria Espert. Veinte años después, llega un nuevo montaje, debido al veterano Miguel Narros, que pone el acento de la historia bíblica en sus buenas dosis de violencia y sexo, ambos elementos integrados en un clima de modernidad, que no sólo está en el espléndido decorado de Andrea D'Odorico, sino en la misma puesta en escena. El director, advertido del carácter literario del texto, lo ilustra con continuos desplazamientos de los actores, que van de aquí para allá, suben y bajan la expresionista rampa que cruza el escenario, vociferan y hasta evolucionan a modo de coro trágico. Es decir, dota de dinamismo lo que no lo tiene, lleva el desarrollo de la mínima acción a ritmo casi de ballet, y acentúa caracteres secundarios que podrían pasar desapercibidos en el texto: que el verdugo del profeta sea nubio, es decir, negro; que Narraboth bese con pasión al Paje de Herodías, a pesar de su fascinación por Salomé; y que la corte de judíos se confunda adrede con los romanos, embutidos todos en impecables ternos.
La ventaja de una historia como la de Salomé es que la mayoría del público conoce su desenlace, con lo que el interés se centra, exclusivamente, en cómo llegar a él. Todos esperan la danza de los siete velos, la decapitación de Yokanaán, y que la protagonista se turbe de dolor y amor ante el despojo. La prueba de fuego que supone este complejo papel lo pasa cumplidamente María Adánez, aunque el director se empeñe en prolongar un baile demasiado técnico, propio de Víctor Ullate. Más terrible es la otra danza, la de la muerte de Salomé, ante los impactos de bala de los guardaespaldas, momento que hubiera firmado Tarantino. Claro que la sorpresa del montaje es Herodes Antipas, interpretado por un conocido humorista, que sólo salir al escenario origina las risas del público. Pero hay que alabar enseguida la apuesta del director en elegir a Millán Salcedo para un papel como éste. No es que el actor haga gracias, es que la intención de Narros es (al menos, me lo parece) romper la gravedad de la tragedia con un personaje maniático, irascible, caprichoso, y obsesionado con su hijastra. Herodes es tenor en la ópera de Strauss; no es, pues, barítono, ni bajo. Y Salcedo transita muy bien por ese peligroso alambre, a pesar de que, irremediable, se le escapen algunos tics que el espectador agradece. Curioso.