Antena 3 cerró esta semana la emisión de Pasión de gavilanes, culebrón vagamente centroamericano cuyo éxito lo ha convertido en argumento casi monográfico de esa cadena. Para despedir adecuadamente al fenómeno, Antena 3 pasó el capítulo final al prime time del jueves, donde barrió: 5,3 millones de espectadores, 27%. Clara muestra del gancho que han llegado a desplegar los protagonistas sobre una ancha porción del público. Esos chicos, los protagonistas, Baptista y Brown (por supuesto, lo mismo podríamos decir de las gavilanas'), no son propiamente actores: son rostros o, mejor dicho, cuerpos, que la explotación comercial del producto convierte en soportes publicitarios, de tal modo que lo más importante de Pasión de gavilanes no está en la historia que cuenta, sino fuera de ella, en las comparecencias de magacín más o menos rosa, en los baños de multitudes (14.000 personas en Sevilla, 3.000 en Barcelona, 4.000 en Madrid), en los anuncios de esos «conocidos grandes almacenes» a los que todo el mundo se refiere para no decir El corte inglés.
Hay que tener en cuenta esta cualidad comercial del producto para entender esa práctica de Antena 3 que tanto desquicia a los fans: envolver cada capítulo en un aparatoso despliegue de anuncios que, a veces, parece ocupar más tiempo de pantalla que el propio culebrón. Es que Pasión de gavilanes funciona precisamente en ese registro: aquí el culebrón no es un género narrativo, aquí la telenovela no es una artesanía audiovisual, sino que todo gira en torno a la explotación comercial del producto. Buena parte del negocio consiste en ser capaces de despertar un acentuado fenómeno fan: hace falta que mucha gente se reconozca en los iconos, incluso si se trata de un reconocimiento irónico (cierto que, a juzgar por el grado de inteligencia que expresan los rostros de los fans, no parece que aquí haya mucha ironía).
¿Queda claro que elogiamos el éxito comercial de Pasión de gavilanes? Bien. Ahora podemos añadir que, desde los puntos de vista estético, narrativo e interpretativo, es una de las historias más grotescas e inanes que hemos visto en nuestra pantalla. Y debemos subrayar lo del punto de vista estético, porque pocas veces se ha podido ver en España una puesta en escena tan hortera. Esa secuencia final, con dos señoritas subidas en un escenario, resume con gran eficacia el espíritu de Pasión de gavilanes: las dos mozas, ciertamente garridas, lucen sendos bikinis de color marrón; en las piernas, perneras de cuero; en la cabeza, sombrero cow-boy; el conjunto se contonea bajo el impulso de la música como en una coreografía de sexualidad elemental. Pero reflexionemos: ¿Es tolerable ponerse un bikini marrón?