Chema Prado (Lugo, 1952) es «un ojo fantástico, un fotógrafo que domina muchos registros diferentes y que en este trabajo ofrece un ejemplo de intuición e inteligencia visual muy notable», afirma Paco Salinas, coordinador de Fotoencuentros, sobre el fotógrafo lucense y su serie Pekín-Shangai, que desde ayer y hasta el 18 de febrero se muestra en la sala municipal Caballerizas de Los Molinos del Río (Murcia).
Una exposición en la que los ojos de Chema Prado, viajero incansable, se convierten en los ojos sorprendidos de la sociedad occidental frente a la eclosión y transformación que vive un país como China. Para el autor de estas coloristas imágenes, este trabajo es fruto de un viaje a China que realizó en 1998 por motivos distintos a la fotografía. «Había estado en Pekín a finales de los 80 y viendo el cambio que había sufrido, bastante impactante respecto a mi anterior visita», no pudo resistirse a sacar su cámara, siempre en ristre, y reflejarlo, cuenta él mismo y asegura que el resultado de esta serie de fotografías «es producto del azar de esos tres días, las situaciones con que me fui encontrando. En mi relación con la fotografía soy bastante ecléctico y siempre estoy con la mirada atenta a todo lo que acontece».
Chema Prado, que se declara intensamente atraído por el color, aunque no renuncia a trabajar en blanco y negro o con película Polaroid, registra en Pekín-Shangai la iconografía propia de una sociedad en plena transformación en el que la moda y la publicidad, tan familiares en nuestra sociedad, han irrumpido con mucha fuerza. «La selección de estas imágenes, que ni mucho menos son el último trabajo de Chema Prado, pretende mostrar qué pasa con el otro; la transformación hacia una sociedad de consumo» de un país que no conocía el consumismo; una civilización que empieza a desligarse de valores profundamente arraigados, pero que sigue teniendo omnipresente la figura del desaparecido líder Mao Tsetung, apunta Paco Salinas.
«El fotógrafo viajero -como se reconoce a sí mismo Chema Prado- siempre ha existido y encuentra en el viaje un estado, una situación y una cultura diferente que queremos fijar en el recuerdo», concluye este artista, que reconoce que para no caer en su forma de encuadrar, ya preconcebida y siempre condicionada por uno mismo, recurre a menudo a «disparar por intuición, sin mirar por el visor, para dejar hacer al azar».