Ayer, día 12 de enero el decano de la Facultad de Biología y presidente de la Red de Agroecología y Ecodesarrollo de la Región de Murcia, publicaba una interesante reflexión de carácter costumbrista sobre el incierto futuro de la Huerta de Murcia como espacio agrario de producción intensiva y hábitat tradicional.
A todos nos preocupa el urbanismo como disciplina y sus consecuencias en la vida diaria de los que habitamos un territorio determinado, por eso creo que resulta no menos interesante ahondar en las causas que determinan el porqué de las cosas, y más teniendo en cuenta que la opinión sobre cuestiones urbanísticas adolece en ocasiones del grado de reflexión necesaria, y mucho menos tiene en cuenta las múltiples disciplinas que lo conforman. Y digo esto porque últimamente hay una tendencia generalizada a hablar del ladrillo y del cemento como una suerte de entes autónomos que se reproducen por generación espontánea siendo ellos solos los culpables de que, efectivamente, la tradicional Huerta de Murcia sea un lugar cada vez menos bucólico. Se pregunta el señor Egea qué pasaría si alguien, para levantar una nueva construcción, decidiera derrumbar la Catedral de Murcia. Pues pasarían muchas cosas, y una de las menos dramáticas es que los arqueólogos del futuro seguirían teniendo trabajo, y espero que se entienda la ironía.
Lo que yo creo es que determinados ejemplos sirven para horizontes temporales muy distintos según de lo que se hable. Aquí la cuestión es la siguiente: La huerta tradicional desaparece; hasta aquí casi todos de acuerdo. Pero la cuestión de fondo es por qué desaparece. Algunos piensan esto: hay determinados desaprensivos que lo llenan todo de ladrillo y de cemento innecesariamente, y después, muchos tontos (usted, lector) pican y compran un roalico alienados por la propaganda consumista que incita a destruir todo lo que se ponga a tiro. O por lo menos así se entiende por sus reflexiones. Y otros pensamos así: las ciudades tienden a crecer alrededor de sí mismas, aunque hay modelos urbanísticos de ciudad lineal y otros que en determinadas circunstancias pueden ser aprovechables.
Las personas tienden a procrearse y desplazarse, y esto conlleva la multiplicación de la especie, que necesita su espacio. Los empresarios saben que ahí hay oportunidad, y resulta que le venden a esas personas lo que necesitan y demandan, un hogar. Entonces viene el dilema: ¿Damos viviendas e infraestructuras a estos desalmados que tienen la desfachatez de querer establecerse en un territorio avalados por las leyes vigentes, o seleccionamos genéticamente a otros que como en la edad media tengan la obligación de seguir cavando huertos (ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos) para disfrute de nuestro ego melancólico? Vuelvo a pedir comprensión por la ironía. Y termino: Basta ya de culpar a los demás de nuestros propios males, y sobre todo, basta de tirar la piedra y esconder la mano. Nadie dice que nuestro sistema sea perfecto. Pero algunos estamos hartos de que todos los que se oponen a él sean incapaces, y son ya muchos años, de ofrecer una alternativa seria y viable al urbanismo que conocemos hoy día.
Denunciar está bien y es necesario, pero un profesional formado debe siempre aspirar a algo más. ¿Cuál es la alternativa para que la Huerta de Murcia no desaparezca? Abanderados del desarrollo sostenible, responded. Y no vale el exterminio de la especie.
José María Riquelme Artajona es secretario general de la Federación Regional de Empresarios de Construcción de Murcia.