Esto que andamos soportando los de aquí de Murcia no es fútbol, sino lo que en tiempos de Francose llamaba despectivamente júrbol. O sea, aburrimiento y flor de malva. Amén de mucho disgusto. Y, mire usted, en estos años de hipoteca -cuando se nos anuncia que la bicha va a subir más de lo razonable-, el cuerpo no está para aguantar un palo por acá y otro palo por allá. El cuerpo hipotecario, por así llamarlo, está más bien para sopitas con leche. Cosa suave, que me estás matando y estás acabando con mi juventud.
No puede ser que volvamos otra vez al hoyo. Que ni con un club, ni con dos -lo digo por el Real y por el Ciudad-, tiennen mis males remedio. ¿Para qué, entonces, un estadio nuevo que está ya -dicen- a punto de caramelo? ¿Para qué nos vamos a ir cabe Ikea a unas instalaciones modernísimas, si no sabemos qué hacer con la pelota entre las piernas, y no se me entienda mal? A un Real Murcia que no pita, aún se le nota más su falta de gas cuando los encuentros se juegan en un campo tan chulo. El contraste entre grandeza y miseria nos aumentaría en mucho el dolor.
Estamos en una tesitura muy especial, como es la de que se esté construyendo un estadio de mucha consideración, para ponerlo a los pies de unos futbolistas que no se merecen jugar sobre césped. Más bien lo que les corresponde es hacerlo en la era.
Aunque sólo fuese por esta posibilidad que tenemos de estrenar campo, nada más que por eso, ya merecería la pena tener un Real Murcia a la altura de esa circunstancia. De lo contrario, haríamos muy mal uso y husillo -¿je!- de tan galácticas instalaciones.
Sucede también que ciertas palabricas de los responsables de la gestión ayudan bien poco a levantarnos la moral. El máximo mandamás del Real Murcia llega y dice que respeta los gritos del público y sus opiniones, pero que ese mismo público «no tiene la verdad absoluta porque no conoce muchas interioridades del Club, que ahora no voy a contar». ¿Y por qué no las cuenta? La afición, que es la que paga y sufre, tiene derecho a conocer esa verdad absoluta que sólo nos será revelada cuando al señor Samper le venga bien, si es que le viniera alguna vez.
Cuéntenos cómo pasó y no nos trate como si fuéramos puta masa, jefe.