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EDICIÓN IMPRESA
Cultura
El aprendiz perseverante
Un volumen recoge una serie de artículos del Nobel de Literatura Saul Bellow, publicados por primera vez en español, donde retrata con lucidez la vida en Estados Unidos desde los años treinta
NOBEL DE LITERATURA 1976. Saul Bellow, fotografiado cuando era ya octogenario. / REUTERS
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«El arte del escritor trata de compensar la desesperación o la mediocridad de la existencia». En 1960, unos días antes de cumplir 45 años y siendo ya un autor célebre -aunque no demasiado leído- tras la publicación de Las aventuras de Augie March, Saul Bellow teorizó en un artículo para el suplemento literario del New York Times acerca del papel y los atributos del escritor. Ese artículo forma parte de una treintena, publicados a lo largo de medio siglo, que se editan por primera vez en España, agrupados en el volumen Todo cuenta. Del pasado remoto al futuro incierto (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Aquí están todas las preocupaciones políticas, estéticas y vitales del Nobel de Literatura de 1976, que murió el pasado abril.

Nacido en Montreal, hijo de judíos rusos procedentes de San Petersburgo, Bellow se formó en Chicago, adonde su familia se trasladó cuando él tenía 9 años. Mucho después recordaba su vida estudiantil en aquella ciudad, en plena depresión de los años treinta: «Nadie tenía dinero, pero se necesitaba muy poco para vivir de manera independiente (...) Teníamos poco más de veinte años, y ser pobre también significaba ser libre». Allí, en aquellos cafés donde se desayunaba por 15 centavos, «se podían mantener maravillosas discusiones sobre el remordimiento, basadas en Freud o en la moral de clase denunciada por Marx y Engels. O se hablaba de los hijos ingratos de Balzac, que intentaban medrar en París, del Raskolnikov de Dostoievski, el estudiante del hacha, o de los perversos chicos homosexuales de André Gide».

Bellow era entonces un izquierdista, crítico con algunas medidas de Roosevelt, buen conocedor de la obra de Lenin y que aún no se había convencido de lo que era capaz de hacer su sucesor, Stalin. En una entrevista concedida en 1990, el escritor recordaba aquellas ideas filocomunistas: «Sabía que los procesos de Moscú eran una falacia, una impostura. Todo eso estaba muy claro. Pero como todo aquel que desde muy joven cifra sus esperanzas en una doctrina, era incapaz de renunciar a ella». El periodista le pregunta entonces si no hace autocrítica por ello, y Bellow contesta: «No, no veo por qué. Para evitar todas las tentaciones, las trampas de la vida moderna, habría que ser genial en todo. Y nadie puede ser un genio universal».

En Europa

La Gran Depresión terminó con la Gran Guerra. Bellow fue llamado a filas, pero tenía una hernia, le operaron y salió tan mal que tardó año y medio en recuperarse. Para entonces, el conflicto estaba en su recta final, de manera que se hallaba aún en el período de formación cuando las bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki y Japón capituló.

Tras la guerra, Bellow viajó a Europa. No fue el suyo un deslumbramiento como el de tantos otros escritores de su generación y de las anteriores. París, el sueño de todo norteamericano de mitad del siglo XX, le pareció una ciudad sepultada «bajo una niebla perpetua». «Como París es la sede del mayor refinamiento humano -escribió con ironía-, se ven por tanto las formas más refinadas del sufrimiento. ¿El alegre París? (...) París es una de las ciudades más lúgubres del mundo». Al norte, en Cambridge, Bellow pasó un frío insoportable y observó a los profesores, intelectuales eminentes, cuyas togas «no se caían a pedazos, literalmente, gracias a los remiendos de grapas y trozos de papel celo».

Descripciones que parecen referirse a personajes novelescos, porque las relaciones entre literatura y vida son muy estrechas. Lo dijo él mismo, justo al final de su discurso de recepción del Nobel: la novela «es una especie de cobertizo de nuestros días, una choza donde el espíritu busca refugio. Una novela se compone de unas cuantas impresiones verdaderas y de la multitud de falsas que conforman la mayor parte de lo que denominamos vida».

Fue una vida larga la de Bellow, una existencia en la que siempre fue un «perseverante aprendiz» que logró conocer a partir de los sesenta «muchas cosas que debía haber sabido antes». Y confesaba: «No he sabido comprender las cosas que he escrito, los libros que he leído, las lecciones que me han dado, pero he descubierto que soy un autodidacta de lo más persistente».



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.


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