Según un estudio de Corporación Multimedia, durante el año pasado los españoles pasamos la séptima parte de nuestras vidas ante el televisor. El cómputo concreto es el siguiente: 217 minutos por persona y día, un minuto menos que en el 2005. En definitiva, 54 días al año. La buena noticia (relativa, sólo relativa) es que los niños ven cada vez menos televisión, ávidos de juegos electrónicos y de navegar por Internet.
Tópicos al margen, estas cifras describen objetivamente la capacidad de influencia de la televisión sobre la sociedad. Es claro que un medio que percute constantemente durante 54 días al año sobre todos y cada uno de los individuos tiene que dejar huella. Y dada la calidad promedio del audiovisual y los rankings de las mayores audiencias, parecen justificados todos los temores: ha de haber una clara relación entre la mediocridad general del país y la materia intelectual que consume con tanta asiduidad.
Nos movemos sin embargo en el terreno de la libertad personal: el ciudadano hace lo que le place durante su tiempo libre, y su voluntad ha de ser tan intangible como sagrada. Pero la inquietud resulta inevitable: ¿no tendría sentido debatir políticamente sobre la calidad del nutriente intelectual que la tecnología pone al alcance de las muchedumbres? ¿No debería al menos enseñarse a ver televisión en el sistema educativo? ¿No habría que precaver a los más jóvenes sobre la estulticia y la vulgaridad? Ahí están las preguntas. Yo no sé las respuestas.