Uno de los caminos más seguros para llegar a ser lector se inicia nada más nacer, cuando los bebés oyen las nanas, los cuentos, las canciones con que sus mayores pretenden dormirlos o entretenerlos; así van despertando a la imaginación, a los ritmos poéticos y a los sentimientos. Hoy día apenas se tiene tiempo para estas tareas placenteras, que requieren calma y paciencia. Los padres y madres trabajan todo el día, y a la caída de la tarde, cansados, no hacen el ánimo de contar una historia o de recordar un romance. Es posible que ni siquiera a ellos, padres jóvenes, les contaran cuentos, porque la cadena de transmisión de estos textos orales, propios del mundo de los niños, vigorosa desde la antigüedad, se rompió hacia la mitad del XX, con los inicios del estrés y de las lavadoras. Tampoco es ahora el tiempo de aquellas tatas de antaño, un miembro más de las familias, ni de los abuelos que vivían con sus hijos, que contaban historias a los niños de la casa y que sabían refranes y chascarrillos para cada ocasión.