«Me pedían que me pusiera minifalda para ir a la oficina, porque mi ropa no les alegraba la vista»

Olga, víctima de un supuesto caso de acoso sexual en el trabajo, en un parque./J.M. RODRÍGUEZ/ AGM
Olga, víctima de un supuesto caso de acoso sexual en el trabajo, en un parque. / J.M. RODRÍGUEZ/ AGM

Una trabajadora del sector agrario relata a 'La Verdad' un supuesto caso de acoso sexual laboral que sufrió por parte de su jefe y sus compañeros

Marta Semitiel
MARTA SEMITIELMurcia

A las pocas semanas de comenzar en su puesto como responsable de exportaciones a Europa del este en una empresa del sector agrario, Olga, que utiliza un nombre ficticio para evitar que la reconozcan, empezó a recibir piropos no deseados. Al mes, los halagos se convirtieron en requerimientos más explícitos: “Me pedían que me pusiera minifalda para ir a la oficina, que me vistiera más atractiva y me maquillase, porque así como iba vestida no les alegraba la vista”, relata.

Aunque nunca llegaron a tocarla, “sabía que querían acostarse conmigo, porque lo insinuaban con comentarios todos los días y me miraban de forma lasciva, sin reparos. Cada vez que me decían algo, se reían entre ellos delante de mí”, asegura. Olga era la única mujer en un equipo formado por siete personas. Los supuestos acosadores eran cuatro: tres de sus compañeros y su jefe directo; “luego había dos que no me decían nada, pero veían bien que los demás sí lo hicieran y les aplaudían la gracia”, recuerda.

Presa del miedo

El tono de los comentarios variaba según el estado de humor de sus compañeros de trabajo. Incluso llegó a ser violento en ocasiones: “Muchas veces me iba a casa llorando, porque me decían las cosas pegando golpes en la mesa o tiraban mis cosas al suelo. A mí directamente no me agredían, pero tenían ese tipo de comportamientos y les parecía normal”.

“Llegué a sentir auténtico miedo”, sentencia. Uno de los episodios que más recuerda fue un viaje a Alemania con todo el equipo, en el que presentaban sus productos en una feria del sector. “Cuando llegamos al hotel, cada uno tenía su propia habitación. Hice todo lo posible para que no se enterasen del número de la mía, ni siquiera del piso en el que estaba, porque me daba miedo que después de la cena, con un par de copas, fueran a buscarme”.

Al ser preguntada sobre si trasladó sus quejas al equipo directivo de la empresa, Olga suelta una risa amarga: “El compañero que más me machacaba era muy amigo del jefe superior, quien además tenía constancia del trato que me daban, porque lo había visto. Así que no podía quejarme”. Tampoco optó por denunciar en sindicatos porque desconocía que pudiera hacerlo, “y no fui a policía porque en una ocasión fui a poner una denuncia por xenofobia, pero no me hicieron caso”, explica con su acento ucraniano.

Discriminación por razón de género

El deseo sexual no era la única razón por la que supuestamente acosaron a Olga en aquella empresa. Su condición de mujer también le blindó situaciones de discriminación tales como “no cobrar comisiones, cuando todos lo hacían, y no poder mejorar mis condiciones, cuando me habían prometido que, pasados los tres meses de prueba, las íbamos a negociar. Yo empezaba a trabajar a las siete de la mañana y había días que acababa a las doce de la noche, porque tenía que quedarme a esperar a los camiones. Había compañeros con menos conocimientos que yo y que tenían condiciones mucho mejores”.

Tras seis meses, Olga negoció un despido para poder recibir la ayuda por desempleo. “El despido me lo hizo mi jefe directo, que también participaba en el acoso y me decía que eran bromas que yo no entendía, así que le dije que me quería ir porque no me gustaban las condiciones de trabajo, creí que no merecía la pena explicarle que realmente me iba por el acoso, por el suyo y el de mis compañeros”.

Olga se despidió de aquella empresa a mediados de 2017, “cuando lo dejé, estaba psicológicamente agotada. Llegué incluso a tomar antidepresivos. Y aún hoy continúo yendo a terapia”, concluye.

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