El párroco antidesahucios denuncia el esclavismo que sufren los inmigrantes en Libia

Joaquín Sánchez./LV
Joaquín Sánchez. / LV

El sacerdote murciano Joaquín Sánchez cuenta sus experiencias después de visitar la isla de Lampedusa y el campo de refugiados griego de Ritsona

EFEMurcia

El párroco murciano Joaquín Sánchez, conocido por su activa labor en la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH), denunció la pesadilla que viven en Libia los inmigrantes subsaharianos que no logran llegar en barco a Europa y son secuestrados por mafias saudíes, libias o italianas que los mantienen encerrados como esclavos y los venden por 3.000 euros.

En una entrevista a su vuelta de la isla de Lampedusa (Italia) y del campo de refugiados griego de Ritsona, este cura de la Hermandad Obrera de Acción Católica cuenta cómo jóvenes originarios principalmente de Sudán, Nigeria, Camerún, Costa de Marfil y Sierra Leona se ven sometidos en Libia al pago de hasta 2.000 euros por ser llevados en barco hasta alguna isla italiana.

«Los subsaharianos se tienen que preparar físicamente para poder aguantar la dura travesía entre Libia y Lampedusa mientras su familia reúne el dinero para que las mafias los transporten», narra.

Si no consiguen plaza en esos barcos, añade, «son capturados por bandas que los obligan a llamar a sus familias para pedirles un rescate y si no tienen el dinero que les exige, son fusilados o encerrados en cárceles ilegales en un estado de esclavitud».

«Les dan una sola comida al día para que no tengan fuerzas para escapar, tampoco pueden hablar con sus compañeros... Si fracasan, también lo hacen sus familias; si mueren, también lo hace la esperanza de sus familias», comenta quien se declara sorprendido por «la fuerza que tienen los subsaharianos para resistir una travesía tan dura por conseguir una mejor vida para quienes les rodean».

Durante su estancia en la isla italiana, este conocido activista de las causas de los más desfavorecidos solo pudo hablar con hombres: «Las pocas mujeres que hay no quieren contar su historia por las brutales violaciones que habían sufrido o porque fueron compradas por las mafias para ser prostituidas o para su uso personal».

«Libia es un caos, no hay ley ni Gobierno, pero es la única vía que tienen para llegar a Italia, cuya frontera se cerrará el próximo 27 de septiembre tras no cumplir el acuerdo de acogida al que se comprometió junto a los países de la Unión Europea», explica.

Su relato del mercado de esclavos en la Libia de hoy recuerda al de los primeros llevados a América, con exposición de personas ante quienes pujan por ellas, pertenecientes a mafias de Arabia Saudí, Libia e Italia que por 3.000 euros pueden comprar a un hombre fuerte para trabajos físicos en obras o recogida de frutas.

La vida de quienes consiguieron alcanzar las costas de Lampedusa está vigilada por el ejército en centros de los que permite durante el día pequeñas fugas controladas de grupos de unas 40 personas para evitar motines, conflictos y delincuencia, según los testimonios personales que Sánchez ha podido recoger en la isla.

Quienes logran fugarse recorren 5 kilómetros hasta la iglesia de Lampedusa, donde el cura tiene internet inalámbrico con el que, quienes disponen de teléfono, pueden comunicarse con sus familias.

Los habitantes de Lampedusa, afirma, «tuvieron que optar entre la solidaridad con los inmigrantes o el turismo, motor económico de la isla, por lo que en general nadie saluda a los subsaharianos, los tratan como si no existieran, los tienen totalmente aislados».

«Lampedusa es una isla muy pequeña, paradisíaca, y uno de los dramas que vivió es que una población de unos 6.000 habitantes se encontró con que en 2007 llegaron hasta 12.000 inmigrantes».

Para Sánchez, «lo más duro fue escuchar contar las matanzas de Boko Haram en Nigeria, donde meten a gente dentro de las iglesias y les prenden fuego con unos niveles de crueldad terroríficos».

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