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Pedro Cano propone un viaje sensorial por el Mediterráneo en el Museo del Teatro Romano de Cartagena
13.07.12 -
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Un cuadro en cada puerto
La ciudad es también una fruta permitida, también el cuerpo lo es. Algo que abrir y morder y también paladear. «Pintar es tener una voz propia», dice Pedro Cano mientras da pistas, aunque no demasiadas. Pintar, hablar, narrar, fabular…, todo forma del mismo ímpetu y quizá nace del mismo arrebato -una tranquila pasión, pero una pasión al fin y al cabo-. «Siempre, y no sólo en la pintura, hay que resguardar un espacio de misterio», afirma.
Pedro Cano no pinta la realidad -aunque en ocasiones pueda parecerlo- sino el aura de la realidad: su revelación; no su alma que siempre territorio petulante y volátil y tampoco su ensoñación, que es un término demasiado cursi y prescindible, pero sí su huella. Así, la realidad que pinta Pedro Cano -que no es real- tiende a restañar los defectos y la cojera de lo real se difumina. Esa aparente realidad -reconocible, pero no real- tiende hacia lo esencial al perder el brillo duro de las fronteras.
Hay en su pintura una especie de fosforescencia con matices. Como cuando miramos fijamente una luz, cerramos los ojos y retenemos la vibración de esa claridad en la ceguera momentánea. No vemos nada, pero no dejamos de ver. El matiz es que en las obras de Pedro Cano sí contemplamos matices. Pedro Cano mira la realidad pero la pinta como si hubiese cerrado los ojos, hubiese retenido el fogonazo, y al abrirlos la realidad se hubiese esfumado: queda le memoria y el fulgor.
Pedro Cano pinta ciudades como si fuesen bodegones -el artificio de lo natural-, con una puesta en escena de volúmenes, tonos, luz y genialidad. Pedro Cano pinta ciudades y perfila sensaciones, olores, tactos, brisas, risas, palabras. La pintura de Pedro Cano es narrativa porque está repleta de palabras, aunque ninguna palabra aparezca en la superficie de sus cuadros. No es necesario. Así el color, que es una forma de astucia y de instinto, se convierte en un verbo y no en un adjetivo, no sirve para subrayar, definir o enfatizar sino que nos explica algo que ya intuíamos: ocurrió. Y ese pasado (quizá inmediato, acaso remoto, seguramente indefinido) hace que el color pierda brillo y arrogancia, aparezca tostado pero no mustio. El color también es un verbo. El color es también tiempo y habla, sin nostalgia, del recuerdo de lo visto y lo intuido. Si fuese un adjetivo sería más estético que estratégico, pero la esencia del recuerdo es la fábula y no la realidad, la posibilidad de narrar y de inventar.
Las ciudades que Pedro Cano muestra en esta exposición de cabotaje, 'Nueve mediterráneos', en el Museo del Teatro Romano de Cartagena, son también puertas, lugares de paso, accesos a un tiempo distinto y una narración distinta. «Me interesa que con los elementos que se colocan en el cuadro, el espectador pueda reconstruir otro tiempo, otro pasado», explica el pintor de Blanca. Un paisaje es «un archivo de miradas» y «un escenario que nos habla del espíritu de sus moradores», afirma.
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