Retazos de frondosa naturaleza capturados a golpe de objetivo; verdes y amarillos brillantes y saturados; miradas caleidoscópicas; mosaicos montables, desmontables, transformables y adaptables; obras de arte convertidas en objetos decorativos para cubrir espacios muertos con naturaleza viva; mosaicos cuatripartitos...
Así concibe Lola Nieto (Cartagena, 1976) Pico Esquina -«una expresión muy de Cartagena»-, una exposición en la que la fotógrafa combina su pasión por la imagen y la escultura; una muestra en la que no se ha resistido a contar con la colaboración de Juan Antonio Saorín y Pepa Robles para sumar nuevas formas de expresiones artísticas, la danza contemporánea y la poesía, a la ya interdisciplinar serie de trabajos que ayer presentó dentro del programa Fotoencuentros'05. «Para mí es un lujo poder compartir con fotógrafos tan profesionales y con tanta experiencia mi participación en Fotoencuentros», asegura satisfecha.
En la sala del espacio joven Yesqueros tuvo lugar ayer la presentación de esta exposición con una original performance «energética, cromática y a veces formal», como la definía su propio autor, Saorín, en la que tanto él como la actriz Pepa Robles y a través de los versos de la poetisa portuguesa Sophia de Mello, quisieron poner de manifiesto la transparencia de los sueños. Unos sueños, los de Lola Nieto, en los que los repetitivos motivos de los papeles pintados que antaño decoraban su casa han sido tema recurrente, además de fuente de inspiración de Pico Esquina.
La idea de Pico Esquina surge «para rellenar los huecos en los que no se pone nada de todas las casas del mundo», explica la fotógrafa: columnas, esquinas, rincones... cualquier recoveco inverosímil de los que atesoran las mínimas viviendas unifamiliares. «Mi deseo era proponer un proyecto que se adapte a la gente, por eso las obras están compuestas de cuatro piezas completamente articulables, que se pueden componer y descomponer infinitamente», detalla.
Mediante la saturación de colores, Nieto consigue un reflejo de la naturaleza en el que «siempre la diferencia con la realidad es exagerada», y que permite al poseedor dotar de naturaleza a la arquitectura que le rodea.